Galo Guerrero-Jiménez
El impacto de una lectura es como el impacto de una buena y sabrosa conversación con alguien que en verdad se estima mucho y, por esa razón es que, el lenguaje fluye y, por ende, se vive ese momento con la mayor armonía; así le sucede al diálogo y a las inquietudes que se entablan con un buen libro, con un texto, por largo o corto que este sea, con una buena historia, con una ficción, con un artículo científico, o con el tema que siempre debe ser del mayor agrado del lector para que la mente y el corazón se sientan gratamente relajados, impresionados y hasta quizá abrumados por la pleitesía, el candor y la profundidad de esos contendidos que, escritos de manera directa o desde la infinidad de técnicas literarias que metaforizan esa alianza entre el lector y el texto, posibilitan una fiesta cognitiva, una vivencia o quizá una preocupación existencial, dialéctica, ontológica, en ese lector que, lo que está haciendo es filosofando, disfrutando y/o analizando ese fluir lingüístico de palabras dispuesto en el texto.
Como señala Ezra Pound, “hay libros que se leen para que el hombre [varón y mujer] desarrolle su propia capacidad, para saber más y percibir más que antes de leerlos, y hay libros que se escriben para servir de droga o reposo, de lechos mentales” (2000), con lo cual se está dando a entender que no hay un conjunto de criterios cerrados que hegemónicamente sirvan para que todos los lectores, al unísono, los aplique o los sienta mentalmente de la misma manera en todo acontecimiento lector cuando se trata de interpretar, de inferir, de disfrutar, de estudiar o de aplicar la capacidad analítica en un tema leído.
Pues, cada lector sabe cómo asume una realidad lectora; en unos casos, “el libro habla de posibilidades, de oportunidades y de propuestas, no de creencias o dogmas [aunque a veces puede ser así, como el caso de la teología dogmática]. A lo que invita es sencillamente a explotar la realidad de una forma directa y con una mirada curiosa. (…) [o, en otros casos, implica que] no es lo mismo conocer que comprender. Conocer nos faculta para saber, mientras que comprender nos abre un camino para saber hacer” (Puig, 2018).
Bajo estas perspectivas lectoras, hay infinidad de posiciones mentales que, a la hora de leer, aparecen, según sean las condiciones culturales, lingüísticas y ecológico-contextuales en las que vive el lector para que asuma un estilo determinado en su comportamiento personal, de manera que su registro expresivo y cognitivo se active desde la intelectualidad, la emocionalidad, y qué mejor, desde el grado de su espiritualidad, cuando el lector ha podido llegar al estado de reflexión ontológica entre “su dimensión sutil y de la relación tan estrecha y profunda que existe entre la práctica contemplativa, nuestro organismo físico y el proceso de transformación vital que puede experimentar todo ser humano” (Puig, 2018), cuando le ha sido posible leer desde el grado de su condición ataráxica, es decir, desde la concentración, la atención, la tranquilidad y el apartamiento del ruido que provoca la inmediatez de las pantallas digitalizadas.
La complejidad y las oportunidades lectoras son de naturaleza personal, y no de mazas, como en el aula, por organizadas que estén para leer, e incluso por edades. Nuestros jóvenes, por tomar un caso dentro de la cronología lectora, “están cambiando e intentando descubrirse a sí mismos; su cerebro y su cuerpo experimentan una completa reorganización; y no son los únicos culpables de sus imprudencias, sus groserías y sus despistes. Casi todas estas cosas tienen un explicación neurológica, psicológica y fisiológica” (Jensen, 2019) que, por supuesto, le impactan a la hora de leer un texto y, por ende, al realizar una tarea educativa a partir de lo que puedan leer; en todo caso, lo que se origina es un registro expresivo muy personal, el cual desde su cognición se organiza lingüísticamente según el impacto lector, así fuere de rechazo.
