¡Qué difícil dejar a Loja!

Santiago Armijos Valdivieso

Cada vez que uno se ausenta en forma prologada de Loja, por el motivo que sea, se arremolinan los sentimientos de añoranza y un espontáneo palpitar enciende el ferviente deseo de retornar a la ciudad natal que nos recuerda los años dorados de la infancia, la dulzura de la familia y el abrazo confidente y cómplice de los amigos, vecinos y compañeros.

En toda ocasión en la que estamos lejos de Loja, se agudiza el deseo de venerar a nuestros ancestros, encarcelar en el alma los recuerdos más tiernos y respirar a bocanadas la felicidad de los mejores años en los que se tejieron los sentimientos más profundos y duraderos.

Ahora bien, si estas espontáneas querencias surgen de una ausencia temporal de la tierra donde se vio la luz primera, resulta difícil imaginar lo que sentirán los numerosos y valientes coterráneos que la dejaron para siempre. Sea porque ante la falta de trabajo o actividad de sustento buscaron un porvenir mejor; porque cansados del abandono local se vieron obligados a surgir en lejanos rincones; o porque, simplemente, la veleta movida por los traviesos duendes del azar los catapultó a otras latitudes.

Precisamente, los que tienen las respuestas definitivas a ello son quienes forman parte de la copiosa diáspora lojana que llega muchos espacios del Ecuador y del mundo.

Sin embargo, vale destacar que, en ese enorme grupo de lojanos ausentes, todos, o casi todos, sin habérselo propuesto ni planificado, comparten irrenunciables postulados comunes de lojanidad como el de mantener el cariño intacto y rebosante hacia Loja, el de estar atentos a lo que allí sucede y el de persistir en el leal compromiso de visitarla, apenas exista alguna gota de posibilidad de hacerlo.

Personalmente, proceso y trato de entender estas reflexiones, en momentos en que mis circunstancias profesionales y laborales me están empujando a vivir y residir en otra tierra, huraña a mis querencias y distante a mis ensueños.

Aunque residir en el sitio en que encontremos trabajo resulta una verdad del porte de una catedral, no es menos cierto que a la hora de dejar la patria chica en la que se han acunado las más entrañables vivencias, los sentimientos se empozan, se confunden, se enfrentan y se arremolinan para zangolotearnos y ubicarnos en un difícil sendero que se bifurca.

No hay duda de que, para conjugar el verbo existir se impone la necesidad de accionar el verbo decidir. Pero cuando de dejar Loja de manera indefinida se trata, esas decisiones se tornan mucho más complejas, tristes y difíciles. Pese a ello hay que decidir, porque así es como funciona la vida. Eso es lo que en su momento hicieron, en medio de sentimientos encontrados, los miles y miles de lojanos que, sin buscarlo ni anhelarlo, han tenido que dejar la tierra donde se forjó el génesis, la familia, el cariño, el verso y la oración.

Por todo ello, cabe preguntarnos, ¿cuándo llegará el día en que las autoridades nacionales, provinciales y locales, impulsen una verdadera descentralización que conduzca a un mayor desarrollo social y económico de todas las provincias de la patria, y especialmente al de Loja, por situarse en el meridión del país en el que el centralismo tortura más? Así, y solo así, se daría un paso gigantesco para abrir la posibilidad de que surjan las esperadas inversiones públicas y privadas que tantas fuentes de trabajo y emprendimientos generan. Sin duda, esto permitirá que Loja pueda retener a sus hijos dentro de sus linderos y así evitar más ausencias.

¡Ojalá que ese momento llegue pronto! ¡La esperanza es lo último que se pierde!