UN SILENCIO SONORO

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La liturgia de la Palabra de este domingo nos introduce en el interior del corazón de Dios, afable, cercano y silencioso. Llega a nuestra vida en el momento menos esperado. La historia del encuentro con Dios de un periodista y escritor francés, llamado André Frossard, conmovedora como la presencia de Dios en nuestro interior, muestra una radiografía que contrasta con el bullicio del hombre de nuestro tiempo.

Cito su testimonio: “Habiendo entrado a las cinco y diez de la tarde en la capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra”. Ateo, por tradición familiar y contaminación ideológica, dejó plasmada en el título de su gran obra esta frase que lo identifica: “Dios existe. Yo me lo encontré”.  En un monte, un hombre sencillo, un profeta emblemático, recibe la visita de Dios que le pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?”. Dios conoce su cansancio, su miedo y su soledad.

Lo busca. Lo anima. Lo levanta. Quiere revelarle algo nuevo. Él vive inmerso en la música de un silencio sonoro, en el “murmullo de una brisa sabe”. Dios habla en la sencillez de un delicado encuentro. El eco revulsivo de André Frossard, tan diciente como un delirio incontrolable, resuena: “Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios”. Un extraño inquilino. La sutileza narrativa del Evangelio de Mateo muestra la presencia de un incansable misionero, Jesús. Después de alimentar con cinco panes y dos pescados a una multitud de hombres y mujeres que lo seguían, como ovejas sin Pastor, busca un lugar en un monte. Quiere disfrutar de la sinfonía de la soledad. Mateo resalta el majestuoso momento: “Llegada la noche, estaba Él solo, allí”. Nos remonta, en el tiempo, a la mística de la noche oscura de San Juan de la Cruz.

Jesús, a la madrugada, baja del monte en busca de sus discípulos. Ellos, envueltos en el laberinto de una noche turbulenta, navegando en su barca resisten el fuerte embate de las olas con el viento enfurecido. El mar, según la tradición bíblica, engendra el caos, el mal y las tribulaciones que atacan a la existencia humana. Jesús, con poder y autoridad, camina sobre las aguas. La acción que realiza tiene una connotación salvadora. Nos recuerda la noche de la Pascua. En ella, Dios separó las aguas del mar para que su pueblo camine hacia su liberación. Jesús pide a su comunidad, representada por Pedro, que demuestre su fe. Pedro, voluntarioso y audaz, escucha y obedece. Jesús, de la misma manera como Dios actuó con Elías, le dice: “Ven”. El llamado, la vocación, desafío y respuesta, exige fortaleza en la adversidad. La duda carece de valor en los momentos de prueba.

Pedro camina sobre las aguas del mar. Sin embargo, sucumbe. El miedo cala hondo en su frágil humanidad. Comenzó a hundirse. Vio a Jesús. Gritó, con la humildad de un hombre en peligro: “¡Sálvame, Señor!”. Según Mateo, la palabra de Jesús lo sostiene. Él ha probado su fe: “¿Por qué dudaste?”. Dios habla en su Hijo muy amado y en nosotros.