LA FE DE UNA MUJER PAGANA

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La Sagrada Escritura contiene relatos muy vivos de mujeres cuya historia ha dejado huellas indelebles. Cada una de las narraciones sobre ellas nos lleva a recrear viajes sublimes en el tiempo. En el Nuevo Testamento la mujer cumple un papel notable en el anuncio de buenas noticias. Jesús abrió su corazón a seres humanos, como María Magdalena, con quienes compartió su vida y su misión. En la cruz, entre la soledad y su dolor, varias mujeres le acompañaron.

Su Madre, María, recibió el encargo de acoger a Juan, el Discípulo Amado. Durante su labor apostólica Jesús asumió como suya la realidad de la discriminación social y religiosa de madres que buscaban consuelo y curación para sus males. El Evangelio según san Mateo desarrolla una escena cargada de dramatismo, con un final feliz. Jesús ha encontrado oposición entre los fariseos y maestros de la ley en temas relacionados con la comida.

Cuestiones como: qué se come, con qué se come, con quién se come, cómo se come, dónde se come…aspectos que reproducen y confirman el sistema social. Quienes pertenecían al mismo grupo comían las mismas cosas, del mismo modo, y debían evitar comer con otros. Por este motivo, decide retirarse y dirigirse a Tiro y Sidón, territorio pagano. En este lugar va a evangelizar. Aparece una mujer cananea que lo busca y quiere ser escuchada.

Mateo destaca el encuentro con este personaje que, en tres ocasiones, pide su ayuda. Le grita: “Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Jesús, subraya san Mateo: “No le contestó nada”. El silencio de Jesús, como en otras ocasiones, guarda una pedagogía tan específica que transforma la escena en una gran catequesis. Los discípulos interceden para que esta mujer reciba la atención que espera. Ella recibirá una gracia especial. En el desarrollo de la escena llama la atención la actitud de Jesús.

Su respuesta, fuerte, pero llena de poder y autoridad ante la misión que desempeña:  “Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel”, provoca una nueva réplica de la mujer cananea: “¡Socorreme, Señor!”, y esgrime una sentencia determinante, que podría terminar el diálogo: “No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La insistencia de este ser humano, lleno de confianza en la misericordia de Jesús, resulta impactante: “Cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Como en el caso del Centurión la fe le obtiene la curación, en espera de la salvación definitiva. Todos los gestos de la cananea logran que, finalmente, Jesús alabe su fe y realice la curación.

La respuesta de Jesús la lleva a a reconocer que la misericordia está por encima de la discriminación entre los pueblos. La cananea y su hija, como muchos enfermos, son personajes que representan una profunda realidad. La petición de la madre revela el anhelo legítimo de encontrar la salvación en Jesús. Él nos enseña que el pan que parte, reparte y comparte, es algo más que un alimento material: es el pan del reino. Los signos que realiza Jesús lo corroboran, una vez más.