Efrén Sarango
La paz infinita
no hace ruido.
Llega descalza,
como la luz que aprende
a quedarse.
No exige nombres
ni banderas,
solo un latido
que deja de correr
y decide escuchar.
Es el silencio
que no asusta,
la tregua entre los miedos,
el perdón que se sienta
a respirar.
La paz infinita
vive en lo pequeño:
en una mano abierta,
en la palabra que no hiere,
en el tiempo que ya no huye.
No es un final,
es un hogar.
Un lugar sin bordes
donde el alma
por fin descansa.
