“Sombras de El Salado”

(Luis A Quizhpe)

Judith Ruiz Celi traza una interesante historia novelada, en base al ocaso de una cultura que ha dejado sus raíces para que las nuevas generaciones puedan dimensionar sus alcances. En un radio de 15 km. que comprende El Salado, La Vega, El Tingo, Catamayito, Guayabal, Trapichillo, La Toma, vibran los genes de los Chávez, de los Santos, de los Méndez, de los Martínez, de los Valdivieso. Por estos lares rondan las costumbres, las creencias, los valores, la religión, el arte, las habilidades de la cultura afro que por 300 años puso su sello especial.

De suerte que El Salado, no ha quedado en las sombras, sino que es una luz que proyecta desarrollo, progreso, al fusionarse con los saberes y costumbres de los gonzanamaes, purunumas, malacatos, chuquiribambas, gonzabales y paltas, para forjar un conglomerado humano diverso y heterogéneo denominado: Catamayo. Ahora convertido en el puerto seco de la provincia, donde a sus autoridades y ciudadanía les compete asumir un trabajo conjunto, solidario y responsable.

En la novela se narran algunos hechos como el viaje de Vicente Borrero, último dueño de la hacienda Ballesteros (El Salado) para cazarse con María de los Ángeles en la capital, su regreso y el suicidio. La presencia del nuevo dueño, don José María Eguiguren, padre de Ágreda María que se casaría con Benjamín Carrión, el fenómeno del arrimazgo con un patrón que daba una parcela a los negros, que arrendaba las tierras, que permitía el pastoreo del ganado, a cambio de trabajo, aunque utilizó el cepo para esclavizarlos.

También cuenta la devoción a la Santa Cruz, liderada por Elena Méndez, que lo hacían cada primero de mayo con bailes, esgrimas y comilonas, y la romería a la Virgen Morena en El Pedestal durante 50 años. El juramento de Juliano para vengarse de la mentira de Regina, que lo cumple cortándole la cabeza; la huaca del Pucará que según la creencia era la “Corona del Reino Incaico”, pero que nunca les da su tesoro; la construcción de la primera escuela, sus maestros y la transformación de la comunidad al fundarse el saber; el falaz destino del negro Chiriboga que es arrastrado por la corriente al río grande.

    Concluye el texto con leyendas y anécdotas del pueblo: El muerto de El Tingo, El Caballo del Diablo, El árbol embrujado, El carro del Diablo, El encuentro con el Diablo, La curandera. Se cierra la novela con los versos del trovador Víctor Valdivieso. Sombras de El Salado es una historia cargada de nostalgia, donde aparece, de modo fantasmagórico, la imagen de un grupo humano ausente o difunto, aunque todavía palpita el ADN de los Chávez, de los Méndez, de los Sánchez, de los Martínez, de los Riofrío, de los Ramírez, de los Santos, de los Valdivieso, de los Quinde. Por aquí brilla la piel canela, flamea la cabellera ensortijada junto a su cultura, amalgamada con la de los paltas, de los malacatos, de los colambos, de los quilangas, de los nambacolas y de tantos más.