Gabriela Cabrera Marín
Las mujeres fuimos ensambladas por la pluma de un hombre. En la mitología fuimos esposas, nos dividieron, nos dieron sabiduría para destruir, y luego, nos otorgaron la caja que liberó los males. Pintaron nuestra esencia como medio de caos.
En los primeros libros nos llamaron Penélope, destinadas a la espera; luego, nos dijeron Dulcinea, la mujer construida con una perfección dependiente del otro. Nos construyeron como princesas atrapadas e indefensas con una codependencia ligada al sexo masculino.
Fuimos zumbido.
Nos reconstruyeron como Fantine, mostrándonos el dolor de confiar; para ser luego Madame Bovary que se destruyó como fruto de sus ilusiones, lecturas y deseos; nos hicieron Ana Karenina, que en medio de su lucha por escapar del constructo social se lanzó a los rieles del tren. Nos dibujaron a imagen y sueño del otro. Nos enseñaron a ser sombra.
Olvidaron que las mujeres rompen parámetros, que en su interior no solo se gestan hijos sino huracanes. Robamos la pluma, nos rediseñamos; la mujer escribió desde su imagen para su imagen. Dejó de ser estereotipo. La mujer se creó a ella misma una y otra vez.
Salimos de las cavernas platónicas porque la luz que emanamos nos mostró la realidad. Durante un tiempo respondimos a los patrones de madre, esposa, compañera. Nos cansamos. Volvimos a reconstruirnos.
La mujer escribió desde sus limitantes, contó al mundo con su voz que es ser mujer y desde los zumbidos molestamos al dictador, dejamos de ser canarios atrapados por hombres pequeñitos. Saltamos a ser lo que deseamos, y nos contamos entre nosotras que las memorias pasadas, que lo que nos condenaba al silencio era solo un espejismo construido socialmente. Dicho en las letras de Simone de Beauvoir decidimos “que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que sea la libertad nuestra propia sustancia”
