P. Milko René Torres Ordóñez
La plenitud del mensaje pascual introduce a los once discípulos de Jesús en la realidad de la resurrección. Jesús se encuentra con ellos en un ambiente cotidiano. Hablaban de los acontecimientos vividos hace pocos días. De aquello que les impresionó cuando lo reconocieron al partir el pan.
Es un camino catequético y litúrgico en la primera comunidad cristiana, de acuerdo a la cristología de San Lucas. El encuentro con el resucitado siempre es posible. Aunque recibieron y aceptaron el testimonio de Pedro necesitaban una experiencia personal concluyente. Jesús les descubre la actualidad siempre vigente de la Sagrada Escritura. Les pide que prediquen en el mundo entero la Buena Noticia que tiene como soporte la conversión y el perdón de los pecados. El Espíritu Santo les va a ayudar en esta importante tarea. Dentro de poco tiempo van a vivir un verdadero pentecostés. Jesús resucitado no es un cadáver reanimado, como pudo suceder con la viuda de Naín. Lo destacamos: Jesús resucitado llena nuestra vida. El Evangelio según san Lucas insiste en el testimonio personal del mismo Jesús. El “Príncipe de la Paz”, de acuerdo a la profecía de Isaías, infunde confianza y seguridad a sus interlocutores. La paz que emana del ser trascendente de Jesús no puede compararse con la del mundo. Tal como sucede con sus discípulos, su palabra es signo de contradicción. Ante la mirada subjetiva de los once, Jesús convierte su temor en un compromiso. El Resucitado, es el Hijo de Dios, glorificado en el madero de una cruz. Él es el Pan que baja del cielo, el Camino, la Verdad y la Vida. Las dudas de fe que revolotean en el interior de muchas personas tienen que resolverse. Entregarse como ofrendas vivas de amor y humildad. Jesús quiere acentuar la importancia de la verdad de la resurrección: “Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse”. Les muestra las manos y los pies. Manos que levantaron del ostracismo y del pecado. Que devolvieron la salud a los enfermos y la vista a los ciegos. Pies que recorrieron los caminos de las bienaventuranzas. La alegría del encuentro con Jesús genera un espacio íntimo con la naciente comunidad cristiana. Jesús entiende, motiva y prepara el ambiente eucarístico que va a sellar la Alianza Nueva y Eterna. De su espíritu jovial nace la invitación para celebrar un nuevo misterio de amor: “¿Tienen algo aquí de comer?”. ¡Cuántas comidas sanaron corazones! Los de María Magdalena, de Zaqueo, Martha y María, la multiplicación de los panes y los pescados, entre tantos. Jesús Resucitado vive la pasión de su cercanía con quienes compartió jornadas memorables de evangelización. “Y se puso a comer delante de ellos”. Un nuevo milagro de amor, infinito y evidente. En el encuentro fraterno, San Lucas comparte una de las relecturas más intensas de Jesús. Sus palabras son lámparas para nuestros pasos. La invitación recurrente a nacer de nuevo, a entender que, sin una vida coherente en el Espíritu, nada tiene sentido: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día…”. En su nombre damos testimonio de un encuentro vivo con Él. Aleluya.
