Una honda y una piedra

Hace varios años, se subastó una curiosa carta escrita por el famoso escritor Lewis Carroll, autor de la célebre novela Alicia en el país de las maravillas, en la que se podía leer “Toda esa clase de publicidad hace que extraños vinculen mi nombre con esos libros, me miren, me señalen y me traten como a un león. Odio tanto todo eso que a veces pienso que ojalá no hubiera escrito ningún libro” A las claras Carroll estaba muy inconforme con la notoriedad alcanzada y aunque muchos quisieran ese nivel de fama y reconocimiento, él hubiese preferido no tenerla.

Frecuentemente no valoramos lo que se nos ha dado. Según las circunstancias, podemos creer que merecemos más de lo que tenemos y en otras ocasiones, al igual que Carroll, podemos creer que recibimos más de lo que podemos y queremos manejar.

La historia del rey David es ampliamente conocida. La epopeya de aquel pequeño joven respaldado por Dios, que vence al temible gigante Goliat con solo una honda y una piedra es memorable y ha sido empleada como ejemplo motivador ante la adversidad por generaciones.

Cuando leemos la historia vemos como los hermanos mayores de David formaban parte del ejército hebreo y contaban con espadas, escudos, lanzas, es decir con el mejor armamento de la época. ¿Y cuál era el armamento del joven David?, pues una honda y cinco piedras lisas. Quizá era poco, pero David confiaba en el respaldo del Todopoderoso. Mientras pastoreaba las ovejas de su padre ya había enfrentado a osos y leones, rivales formidables que había vencido con aquel humilde armamento. “El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, Él también me librará de la mano de este filisteo” (1 Samuel 17), declaraba David. A pesar de que fue menospreciado por Goliat, la victoria le fue dada.

David nunca renegó de lo que el Señor decidió entregarle, si solo era una honda y una piedra, pues con esa honda y esa piedra mató a leones, osos y gigantes y ¿cómo lo hizo? pues creyendo en las promesas del Señor, refugiándose en su presencia y confiando en que, si el Señor le daba algo, por pequeño que sea, vería milagros y maravillas.

A veces pensamos que recibimos poco, que se requiere más para salir adelante, pero si te lo ha dado el Señor, Él lo hará crecer, será fuente de bendición, Él mostrará su gloria, solo se debe confiar en su palabra. No necesitamos armas poderosas, solo su preciosa presencia, claramente que “no es por el poder ni por la fuerza, sino por su Santo Espíritu” (Zacarías 4).