Santiago Armijos Valdivieso
Con el perdón de los amables lectores, y considerando que un artículo de opinión permite expresar lo que el autor siente, abrazo este espacio para honrar la memoria de mi padre, quien, hace un mes, viajó a la morada eterna donde descansan los hombres buenos que sirvieron a la sociedad con el mejor de sus esfuerzos.
Mi padre, nacido un 8 de marzo de 1942, en nuestro querido terruño lojano de sauces, ríos, buganvillas y añoranzas, proviene de un hogar correcto, en el que mis abuelos, Dr. Arturo Armijos Ayala y Marianita Luna Jiménez, al igual que a sus hermanos, lo supieron guiar por los andamios del respeto al prójimo, del estudio y de la superación constante. A más de ello, supieron llevarlo por la senda de la honestidad y la lealtad como ritmos constantes e ineludibles en el galope de la vida, cuyas trochas son sinuosas, impredecibles y exigentes.
Debo decir que también fue inducido y preparado para respirar el credo que sitúa a la familia como el alfa y el omega del ser humano. Lo digo porque soy testigo, en primera fila, de que el sustantivo <<familia>> supo transformarlo en verbo desde que tengo uso de razón, al momento de velar por sus padres, su esposa, sus hijos, sus tías, sus hermanos.
Luego de obtener su título de bachiller viajó muy joven a Guayaquil para graduarse de doctor en Medicina y Cirugía. Y claro que lo logró, gracias a un excelente rendimiento académico alcanzado con el doble esfuerzo que deben pagar los estudiantes que viajan a otras ciudades para superarse. Tanto es así que mi padre contaba que, en 1960, para viajar desde Loja a Guayaquil, había que sortear y soportar la aventura de trasladarse a Puerto Bolívar en viejos y pesados transportes para desde allí abordar vetustos e inseguros barcos que navegaban como peces cansados hasta tocar el puerto principal ecuatoriano. Dicho trayecto marítimo, decía mi padre, había que tolerarlo por toda una larga noche, con franciscana paciencia, sobre incómodas hamacas maltrechas y enemigas del sueño, bajo la incesante agresión de cientos de furiosos mosquitos.
Asimismo, él relataba sobre la incomodidad generada por el sofocante calor guayaquileño, especialmente al rato de estudiar y memorizar los textos de Anatomía Humana que tanto le sirvieron en su ejercicio profesional. Para enfrentar aquello, junto a su entrañable amigo y compañero, Dr. Gastón Veintimilla Rengel, regularmente se trasladaba por la noche al parque de Las Iguanas para, bajo la frescura bienhechora de los árboles, intentar absorber de mejor forma los conocimientos que el intenso calor impedía.
Por supuesto, el regreso a la ciudad de Loja se producía solamente al finalizar el año académico y al aprobar las materias de la carrera.
Precisamente, ese esfuerzo y la gran dedicación académica que demandó su formación de galeno templó su espíritu, sus hábitos y su forma de vida, para hacerlo un profesional correcto, disciplinado y responsable.
Superada con méritos y distinciones universitarias su preparación profesional, y conseguido su título de doctor en Medicina y Cirugía, volvió a posar sus ojos en la familia, pero esta vez, decidido a engendrar una nueva con mi madre, Magdalena Valdivieso Cueva, a quien amó, respetó y valoró, hasta el último soplo de su vida. De esa alianza perpetua llegamos a la vida mis hermanos y yo, para ser protegidos y guiados en el duro oficio de vivir la vida.
Ya en su carrera profesional fue médico militar en el grado de teniente coronel de Sanidad y, por muchos años, director del Hospital Militar de Loja, en el que, a más de atender sus responsabilidades de dirección, atendió y realizó numerosas cirugías a favor de la salud de cientos de personas que confiaron en su capacidad profesional.
Al mismo tiempo, y por décadas, cumplió con rectitud la tarea de profesor de anatomía humana de miles de estudiantes universitarios, hoy prestantes y reconocidos médicos. Su dedicación y vocación por la academia lo llevó a ser, profesor fundador y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Loja en varios períodos.
La vida le presentó más adelante el reto de luchar contra la terrible enfermedad del cáncer, desde las aguerridas trincheras de SOLCA-LOJA, tanto de director Médico del Hospital Oncológico como de vicepresidente y vocal del Consejo Directivo y, por supuesto, lo cumplió con pasión y total entrega.
Mis afirmaciones pueden ser corroboradas por muchos lojanos, de distintas generaciones, a quienes los ha servido, sea como alumnos o como pacientes. Seguramente, el jardín de flores, coronas y ramos que rodearon la sala en la que se velaron sus restos es prueba inequívoca de aquello.
Paralelamente a su actividad médica, cultivó siempre su espíritu y su cultura general, mediante la lectura de la historia, de la literatura, de la poesía y de las ciencias sociales; cumpliendo con ello, ese sagrado compromiso cultural que tenemos los lojanos de abrazar la cultura, sin importar la profesión u ocupación que nos imponga la vida.
Todo esto me permite afirmar, con sano y respetuoso orgullo, que mi padre dedicó casi toda su vida al estudio, a la enseñanza y a la práctica de la medicina humana, con total cariño y fervor a Loja, su tierra amada, en la que sus sueños e ilusiones se plasmaron plenamente.
Tristemente, en los últimos años del ocaso de su existencia fue alcanzado por el artero rayo de la enfermedad que lo afectó gravemente y lo obligó a guardar reposo en el hogar, privándolo de seguir sirviendo a sus pacientes. Venturosamente, mi madre estuvo a su lado para prodigarle las atenciones y cuidados que sus difíciles dolencias demandaban.
Finalmente, un triste 15 de mayo de 2024, mi padre acudió a la cita inmutable y sagrada de la muerte, entregando su alma al creador, luego de haber tenido una vida limpia, consagrada a la familia y al servicio del bien común, en medio del dolor insoportable de quienes somos su sangre e intentamos honrar su memoria.
Aprovecho la oportunidad para extender un enorme abrazo de gratitud a todos los familiares y amigos que expresaron sus gestos de solidaridad por su partida.
¡Descansa en paz, padre querido! Y por favor, ten presente que la hermosa composición de Camilo Blanes Cortés, llamada Mientas mi alma sienta, siempre estará sonando en el corazón de los tuyos, la misma que dice así: “/No deseo olvidarte/¿Quién podría reemplazarte?/Tú seguirás siempre aquí/Tú seguirás siempre en mí/Mientras mi alma sienta/La luz del sol///No parece que te has ido/Yo te siento aquí conmigo/Tú eres todo en mí/Yo soy un reflejo de ti/En cada cosa que digo y vivo///Abrí los ojos al amor/Y de tu mano aprendí/Lo que es vivir/Lo que es sufrir/Y también a sentir con el corazón/// No consigo acostumbrarme/A buscarte y no encontrarte/Si a mi vida pudieras volver/Yo te amaría otra vez/”.
