LA FE MUEVE MONTAÑAS

P. Milko René Torres Ordóñez

La pedagogía de Jesús contiene un mensaje que perdura en el tiempo. Su vigencia, al tiempo de ser apasionante, deja una huella con un sello que imprime un carácter transformante y trascendente. El lenguaje de las parábolas llega con mucha fuerza al corazón de los hombres de buena voluntad que permiten cambios positivos en su vida.

En el Evangelio de este domingo, San Marcos acentúa la riqueza de la enseñanza pública de Jesús con dos parábolas nuevas que completan la del sembrador. Jesús centra su discurso en torno al reino de Dios. Presenta las parábolas de la semilla que crece por sí sola y la del grano de mostaza. Jesús insiste en la importancia de la fuerza interna que caracteriza la semilla del reino de Dios que cae en la tierra y crece lentamente. Impresiona el silencio que envuelve y dinamiza su proceso de madurez. Hay silencios imperceptibles. Parecen milagros sembrados en la calidez de la esperanza. Estos perviven con el paso de los días. Germinan alegría y fe. Los caminos de Dios no pueden detenerse por ninguna barrera humana. La parábola de la semilla, suma de paciencia, serena el alma agitada, a veces, de quien cree para crecer en el día a día. No debemos olvidar que Dios, autor de todo bien, acompaña este proceso en el vaivén de la noche y del devenir del día a día. Cuando nos detenemos a saborear el pan de la parábola del grano de mostaza disfrutamos de la acción amorosa de Dios cuyo propósito sorprende por su maestría vital. Cada persona sueña con un presente cargado de esperanza para recoger con probidad los frutos de su esfuerzo. Un mundo feliz. El camino para llegar a la cima de la fe presenta oportunidades, retos que pueden superarse con perseverancia. Las cosas bonitas y buenas tejen obras de arte porque tienen el hilo de la resiliencia. En los acontecimientos ordinarios, irrelevantes en apariencia, brilla la sabiduría de Dios. La fe silenciosa guarda en su seno intimo la ruta muy segura que nos lleva al encuentro con Dios. San Marcos, fiel a su estilo e intención, propone, a modo de conclusión, un cierre con broche de oro. Jesús, distingue cada momento cuando habla en parábolas. Contextualiza los detalles. También, la naturaleza de sus oyentes en la fe. El lenguaje de la parábola cumple una función severa. Quienes escuchan la palabra de Dios y quieren cumplirla, como María, reciben el don de abrir, a ritmo lento, los ojos de su inteligencia. Los discípulos, reciben en privado, el complemento de una enseñanza que va configurar una identidad eclesial, misionera, testimonial. Jesús, sabio, humilde, infunde en ellos la semilla necesaria que va a expandir para siempre la esencia innata del aroma de la fe. Las parábolas de la semilla que crece en silencio y la del grano tan pequeño, la mostaza, muestran el esplendor de la verdad clara, necesaria, que el mundo necesita para recobrar energías gastadas en la inclemencia del tiempo que lo agobia. Nos dejan con inquietudes. Desafíos. Vientos fuertes, necesarios, cuyo impacto cambia nuestras opciones en un viaje hacia el puerto seguro.  El silencio de Dios funde su ímpetu en el nuestro.