Por Ruy Fernando Hidalgo Montaño
Antes que nada, pido mil disculpas a quienes semana a semana se toman un poco de su valioso tiempo para leer lo que comparto con ustedes por medio de este diario, las disculpas son por abordar en esta ocasión algo muy personal, eso sí, espero aporte algo a sus historias.
Hace un año, mi salud sufrió un inesperado quebranto que me puso contra las cuerdas, el diagnóstico médico fue preocupante por decir lo menos, y experimenté un cúmulo de sensaciones de esas que te asaltan cuando sucede algo que amenaza todo tu mundo, y tienes que enfrentar tu fragilidad humana, es ahí cuando tomas plena conciencia, en carne propia, de lo leve que es el paso por este mundo, pero también toma enorme sentido cada persona que Dios pone a tu lado para que te acompañen en esta maravillosa montaña rusa que es la vida, cada ser junto a ti toma forma de ángel, te das cuenta y valoras su presencia y apoyo.
La familia cumple un rol esencial en el respaldo ante situaciones tan complicadas como las que tuve que encarar en julio del año pasado, sin mi familia seguramente no estaría escribiendo estas líneas para ustedes. En mi caso, la divina providencia ha puesto en mi trayecto a seres que han iluminado mi existencia, me han dado amor cuidados y compañía incondicionalmente, solo impulsados por ese sentimiento impalpable que motiva a la gente a hacer cosas por los otros aún a costa de su propia comodidad, ese sentimiento del que habló el divino maestro de Nazaret en ese mandato atemporal cuando dijo “Amen al otro como a sí mismos”. Yo he sentido con mucha intensidad ese mandamiento, especialmente de dos seres que me han hecho objeto de ese amor del que habla el señor, seres cuya nobleza, no me permite nombrarlos, pero en el día a día son muy cercanos a mí, seres que se juegan todo por mí, seres por los que me siento bendecido, ellos hacen que cada paso que doy tenga sentido.
El martes pasado en esta columna me refería a la felicidad y de cómo encontrarla en las cosas simples y sencillas, yo la encuentro ahora en cada sorbo de vida que se me ofrece a diario. A veces es necesario un sacudón fuerte para reaccionar y descubrir lo afortunados que somos al ver y disfrutar de todo lo que se nos da diaria y gratuitamente solo por el hecho de estar vivos.
De hoy en adelante haré lo posible por celebrar cada minuto vivido como una manera de expresar mi inmensa gratitud por la vida.
