Oro y plata para Daniel y Glenda

Santiago Armijos Valdivieso

Qué gran alegría ha generado en el Ecuador las medallas de oro y plata obtenidas por los marchistas Daniel Pintado y Glenda Morejón en las Olimpiadas de París 2024, cuyo extraordinario rendimiento deportivo les permitió subir al pódium en las pruebas de 20 kilómetros individual y mixto de marcha.

Sin duda, hazañas deportivas como estas confirman el especial polvo del que están hechos los ecuatorianos y del invencible espíritu que los acompaña. Digo esto, porque para Daniel y Glenda la vida nunca fue cómoda, pues, para abrazarla, tuvieron que soportar duras adversidades que fácilmente habrían podido arrinconar al más feroz de los guerreros.

Sin embargo, salieron adelante, paso a paso, con esfuerzo redoblado y con la convicción de que rendirse o claudicar no era opción en su ruta de vida.

Daniel Pintado nació en Cuenca y Glenda Morejón en Ibarra. Él tiene 29 años y ella 24. Ambos comparten el amor por la marcha atlética, sin medida y sin reparos, especialmente a la hora de competir por su querido y golpeado Ecuador. Y para hacerlo, se agigantan ante las notorias ventajas deportivas y económicas de sus competidores que se cobijan en las banderas de los más poderosos países del mundo.

Ellos no son los más altos ni los más fuertes atletas, pero son dueños de una energía sobrenatural que surge desde los recovecos del alma de quienes no pueden darse el lujo de rendirse ni de hincar la rodilla. Como primera razón, porque son plenamente conscientes de que sus resultados atléticos deben ser inspiración para miles de jóvenes que, como ellos, la vida no es fácil. Y como segundo motivo, porque ellos tienen el convencimiento cívico de que a su país le urge tener alegrías y satisfacciones para levantar su autoestima y esperanza, tan golpeadas por los reincidentes errores y exabruptos de la politiquería.

Al ser el deporte olímpico una manifestación de la grandeza humana, todo lo que alrededor de ello suceda tiene la atención de los ojos del planeta, y, por lo tanto, es una enorme ventana para que cada país se haga conocer bajo el estandarte de esa suerte de fiesta de paz, de belleza y de integración que es la Olimpiada. Esta vez, nuestros más destacados embajadores son Daniel y Glenda, quienes han hecho posible que la palabra Ecuador suene y se escriba con admiración y orgullo en millares de medios de comunicación del globo terráqueo.    

Gracias, campeones de la pista y del existir, por darnos esta inmensa alegría de saber que los ecuatorianos también podemos estar en los sitios estelares del mundo. Su proeza deportiva ya es parte de la historia y será guardada en el sagrado cofre de los momentos inolvidables.  

Esperamos con ardoroso anhelo que el resto de los deportistas ecuatorianos, con competencias pendientes, encuentren el camino de la gloria que Daniel y Glenda han abierto en esta cita olímpica.