LA FE QUE ALIMENTA NUESTRA VIDA

P. Milko René Torres Ordóñez

El discurso sobre el Pan de Vida en el Evangelio según San Juan, denso, extenso y formativo, continúa narrando, como la belleza de un poema eterno, la riqueza de la Eucaristía. Este misterio de amor, infinito y real, abre sus alas y nos abre la ruta para señalar que los cuestionamientos en torno a la identidad de Jesús nunca van a terminar. En el tiempo y en la historia de la humanidad, las contradicciones de todo tipo en relación al verdadero Pan de Vida, aterrizan en el campo de una verdad sustancial: la divinidad de Jesucristo.

En la continuidad del texto evangélico de este domingo Jesús exige ser aceptado como quien revela a su Padre, el nuestro y el de todos. La lluvia de interrogantes fija su intención en verdades, ingenuas y con escaso nivel de argumentación. Los oyentes sufren las consecuencias de una tibia formación bíblica y teológica. Al igual que ayer, el egocentrismo refluye como un escudo pretencioso y vanidoso.

La búsqueda del ser de Jesús muestra un interés incoherente. Brilla su “yo personal”, más allá de su “yo cristocéntrico”. La incredulidad, tanto más que mostrarse en función de una justificación genealógica, humana, redireccionada, despierta en Jesús la paciencia y la persistencia en su pronunciamiento, a modo de manifiesto vital. Él es el único Pan de Vida. La multitud que pudo satisfacer su hambre material pide algo más. Aquel “magis”, incompatible con la espiritualidad cristiana, aspira el pronunciamiento de la presencia de un Mesías, cantado a su manera.

El aura de un demagogo, maquiavélico o monarca autoritario, desdice la naturaleza de un Mesías, auténtico y humilde. La esperanza judía en la renovación de sus estamentos geopolíticos se contrapone a la esperanza real de Jesús. Él, reiteramos, vive para nosotros, inserto en su proyecto de amor. Un Pan de Vida, propicio para llenar cada vacío existencial y espiritual, perdura con el peso de la fe. San Juan, fiel a su convicción de discípulo amado, “autorepresenta” a Jesús. La intención del autor sagrado clarifica cualquier duda. Jesús responde a las necesidades y esperanzas humanas. El único requisito es la fe. Las acciones, hechos, palabras, testimonio auténtico, ratifican su sentir. Creer en Jesús, sustrato de gracia concedida por el Padre, abarca la plenitud de la historia de la salvación. Dios, por voluntad propia, ama tanto al mundo, que no desestima ofrecer el don supremo de su ternura. De sus entrañas viene a morar entre nosotros su Verbo. La presencia real, eficaz y viva, recrea su mundo gracias a la fe. Con el célebre título cristológico, “Yo soy”, resurge la confirmación de aquello que los hombres necesitamos. Jesús, el Hijo, totalidad en nosotros, fe y vida. La promesa de Jesús: “el que coma de este pan, vivirá para siempre”, signo diáfano de resurrección, dignifica cualquier atisbo corrupto, oscuro, que pretenda negar el resplandor de un torrente de bendiciones. Jesús, en su utopía de amor, entrega su anhelo consumado en la cruz. Impacta, desde diversos ángulos, la densidad eucarística, signo de plenitud y victoria, enmarcada en su frase final: “Y el Pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Eternidad.