Consecuencias de la Ley de Reforma Agraria dictada hace 60 años

César Augusto Correa

El 11 de julio de 1964 se dictó la Ley de Reforma Agraria y Colonización, mediante Decreto Supremo 1480, publicado en el Registro Oficial 297 del jueves 23 de julio de 1964. Suscribieron el decreto los dictadores Ramón Castro Jijón, Luis Cabrera Sevilla, Marcos Gándara Enriquez y Guillermo Freile Posso.

Campesinos reciben títulos de propiedad; entregó Jaime Roldós en Cariamanga.

El único objetivo real de la ley fue el de abolir las relaciones serviles existentes en la producción agropecuaria del país, lo que efectivamente se consiguió, de lo que se derivaron imprevisibles y profundas consecuencias sociales, políticas, económicas, jurídicas, como describiremos en los renglones siguientes.

La existencia de las relaciones serviles en el campo era un obstáculo insalvable para la implementación del proyecto de industrialización que Estados Unidos necesitaba desarrollar en nuestro país, es decir, esta reforma agraria contó con la presión de Estados Unidos, que la necesitaba para el cumplimiento de sus planes de expansión.

Antecedentes

Durante el siglo XIX Inglaterra, primera potencia mundial, impidió absolutamente el desarrollo de la industria en América Latina, a la que le asignó dos papeles: 1.- Productora de materia prima para abastecer a las potencias industrializadas. 2.- Consumidora de las mercaderías fabricadas en las potencias industrializadas. Al Ecuador lo convirtió en productor de cacao.

En el siglo XX, Inglaterra mantuvo su política hasta que perdió su hegemonía en la Primera Guerra Mundial, cediéndole el lugar a Estados Unidos, que continuó con las políticas económicas de Inglaterra, oponiéndose a nuestra industrialización.

A mediados del siglo XX la situación cambió debido a dos razones. Por un lado, el territorio de Estados Unidos se saturó de las instalaciones de varias de sus grandes empresas industriales, las que solo podían seguir creciendo si pasaban a montar sus fábricas en el exterior, en los países latinoamericanos, y, por otro lado, la revolución científico-tecnológica, que convertía en obsoletas a las máquinas a los pocos años de uso, mucho antes de haber amortizado su costo. Para subsistir en el mercado mundial que exigía tecnología de punta, las empresas tenían que retirar la maquinaria que se hallaba en buen estado, para instalar la nueva, de tecnología más avanzada. Eso significaba ocupar espacio físico con la maquinaria desplazada y perder parte de la inversión hecha en su adquisición. Para resolver ese problema decidieron vendernos a los latinoamericanos esas máquinas o instalar sus sucursales acá con tales aparatos. Fue así como Estados Unidos emprendió en un proceso de industrialización en Centro y Sur América, como un anexo a su economía, como un auténtico enclave. Esto en Ecuador se siente a partir del gobierno de Camilo Ponce Enríquez (1956-1960). Por ejemplo, se pone embotelladoras de Coca Cola en Quito y Guayaquil.

Pero sucedía que más de un 70% de la población del Ecuador vivía en las áreas rurales, sometida en las haciendas a relaciones serviles de trabajo, como el huasipungo o el arrimazgo, por las que percibían remuneraciones en especie y cantidades mínimas en dinero, de suerte que no estaban en condiciones de comprar productos industrializados. Estados Unidos sintió la necesidad de abolir esas relaciones serviles, para que los trabajadores del sector agropecuario se transformaran en asalariados y llegaran a tener dinero suficiente para pasar a ser clientes de las empresas industriales. En consecuencia, Estados Unidos impulsó un determinado proceso de reforma agraria en Ecuador y en todos los demás países latinoamericanos que sufrían del mismo mal.

Campesinos lojanos exigían expropiaciones.

En los considerandos la ley lo dice claramente: “Que la actual estructura agraria imposibilita el desarrollo de los demás sectores y en especial del sector industrial, manteniendo al margen de la economía monetaria a una parte sustancial de la población rural”.

Así se entiende que una dictadura de extrema derecha, profundamente anticomunista, en un país dominado por las fuerzas conservadoras, procediera a dictar la Ley de Reforma Agraria, hace 60 años. Y que 6 años después, otro gobierno ultraconservador como el de José María Velasco Ibarra, en 1970, cuando era ministro de Agricultura un latifundista lojano, Vicente Burneo, radicalizara las sanciones a los terratenientes mediante la Ley de Abolición del Precarismo.

La estructura agraria tenía muchos más defectos, que la ley describe extensamente en la EXPOSICIÓN DE MOTIVOS, que promete resolver, pero que no lo hizo, con la circunstancia de que esas lacras subsisten hasta hoy, y algunas se han agudizado.

La abolición del precarismo y sus consecuencias

Las prácticas serviles más extendidas eran el huasipungo y el arrimazgo, que en el fondo eran lo mismo: el hacendado o latifundista le prestaba al trabajador una parcela de terreno, generalmente cuando se casaba, para que levantara su choza y tuviera un espacio para que sembrara y criara sus animales, para su subsistencia. A cambio del préstamo el trabajador se obligaba a laborar gratis un determinado número de días al año, generalmente 3 días a la semana. El hacendado le reconocía además un pago mínimo en dinero, para que el trabajador pudiera comprar en las áreas urbanas ciertos artículos de primera necesidad que él no podía producir en su choza, como sal, vestidos, lámparas, herrajes, cuajo, medicinas…

La Ley dispuso que el huasipunguero pase a ser dueño de la parcela que poseía, acabándose así la “obligación” de trabajar gratis para el hacendado. En la provincia de Loja la forma servil de trabajo se llamaba arrimazgo, pero en este caso el arrimado no obtuvo el derecho a quedarse con la parcela en la que vivía, sino que los latifundistas lojanos consiguieron algo menos oneroso para ellos. Acá la ley dispuso que los latifundistas entregaran al Instituto Ecuatoriano de Reforma Agraria y Colonización (IERAC) el 10% de las extensiones que poseían, proporcionalmente de cada calidad (de riego y de secano), para que fuera repartido entre todos los arrimados.

La fórmula para abolir el arrimazgo no era factible aplicar por lo que en la mayoría de los casos los hacendados les vendieron a sus arrimados las parcelas que tenían en posesión y alguna extensión más. En esa puja por encontrar la fórmula de aplicación de la reforma, por el precio, las condiciones de pago y otros detalles insignificantes para el dueño, pero muy importantes para el campesino, se produjo una RUPTURA total y definitiva de la dependencia cultural, económica y política que existía entre hacendado y arrimado.

Los arrimados eran como los “siervos de la gleba” europeos, “sembrados” en la tierra, en la que nacían, vivían sin salir por su propia cuenta y morían; no conocían más mundo que el de la hacienda, que nunca cambiaba. En su mayoría absoluta analfabetos; si aprendían a leer y escribir casi de nada les servía, terminada la escuela nunca más volvían a coger un libro. Desde que nacían aprendían a reverenciar al hacendado, tanto como el sacerdote les enseñaba a venerar a Dios. Todos los abusos del patrón estaban bien, el cepo, los azotes, las violaciones y otras humillaciones, eran su derecho. En algunos sitios, el patrón, para envilecer a los indígenas, les pagaba con aguardiente y los sumía en un abyecto alcoholismo. En las elecciones, los patrones los subían a los baldes de los camiones, los trasladaban a las mesas electorales, les hacían votar por la lista número 1, del partido Conservador, el “partido de Dios”. La concepción ideológica de los arrimados era la de que el patrón era un ser superior, inteligente, bueno como un padre, que sabía hacer las cosas técnica y racionalmente, mientras ellos eran unos ignorantes, a quienes el destino o Dios los había colocado en la miseria, que debían soportar resignadamente, para sufrir menos y para salvarse del infierno. A este esquema cultural, psicológico, ideológico, político, lo arrasó la reforma agraria.

Los partidos Conservador y Liberal pertenecían a los hacendados. Fueron hegemónicos hasta los años 70 del siglo XX. Aunque muy mal aplicada la reforma agraria, sin embargo, generó la ruptura irreconciliable entre arrimados y hacendados, que desembocó en el desmoronamiento de los partidos Conservador y Liberal, llevándolos a su extinción, y dando lugar al surgimiento de nuevos partidos integrados por ciudadanos de la pequeña burguesía, como la Democracia Popular y la Izquierda Democrática. En la primera vuelta de la elección presidencial de 1979 daban por descontado que llegarían primeros Sixto Durán del partido Conservador y Raúl Clemente Huerta del partido Liberal. Fue tremenda su sorpresa cuando el día de las elecciones llegó en primer lugar el abogado Jaime Roldós Aguilera, candidato de la alianza de Concentración de Fuerzas Populares CFP (populista) con el Partido Demócrata Cristiano (de discurso socialista).

El proceso de industrialización, incipiente de todas maneras, generó el aparecimiento de una nueva fracción de la burguesía, la BURGUESÍA INDUSTRIAL, con intereses diferentes a los que tenían la tradicional burguesía agroexportadora de la Costa y los señores feudales de la Sierra. En un principio la burguesía industrial apoyó a las organizaciones políticas progresistas (DP e ID).

Por la pesadilla que Roldós provocó entre los oligarcas, se generó una férrea resistencia de la burguesía agroexportadora, dueña del partido Liberal, por lo que la dictadura se prolongó un año más y Jaime Roldós se posesionó el 10 de agosto de 1979. Lógicamente se produjo de inmediato un reemplazo verdadero de todos los gobernadores, jefes y tenientes políticos del país, dignidades que pasaron de unas familias, de unos caciques, que las habían ostentado por décadas, a manos de familias contrarias, con las que habían peleado sin tregua. El caciquismo político, mal endémico del país, llegó a su fin, como otra consecuencia del avance de la industrialización y la aplicación de la reforma agraria.

Este brusco salto del feudalismo al capitalismo tiene miles de detalles más. Es todo un mundo que se acabó, toda una cultura, que no volverá, aunque hay muchos que la añoran y sueñan con su retorno o lloran por “los valores perdidos” (la reverencia al rico). Hay allí una abundancia de temas para investigar y profundizar. Lo que he visualizado lo seguiré describiendo en nuevos reportajes.

Desfile nocturno de las organizaciones campesinas, un Primero de Mayo, por la calle Bolívar.