Escritura, lectura, cultura, placer y goce emocional

Galo Guerrero-Jiménez

El encuentro verbal con los demás a través de la palabra ejercida en una conversación nos relaja, nos entretiene, o quizá nos perturba o nos preocupa o nos saca de nuestra manera de ser porque nos confunde o nos traza alguna dificultad con la cual esa conversación se convierte en un fracaso; en fin, son múltiples las conductas asumidas entre los contertulios; bien para realizarnos o bien para que nos quede un “sabor amargo”, dado el contenido belicoso, descortés o falto de respeto frente a esas palabras utilizadas malsanamente.

Pues, otro encuentro muy atinado, relajante, enormemente cargado de condumio intelectual y con una sabiduría humanística o quizá científica o cultural y educativa bien organizada, lo ejerce otro conglomerado social, ya no desde la locuacidad de la palabra hablada, verbalizada, dicha en voz alta, sino desde la palabra escrita, plasmada en un texto, y en cuya tecnología, bien desde la imprenta o desde la pantalla, se produce el encuentro con el otro, que es el lector, quien  ejerce, en este caso, una conversación mental, atenta, concentrada, de gusto, de placer y de gozo, dado que el lenguaje que en ese texto encuentra es de su interés; aunque haya muchos casos, sobre todo, dentro del ámbito de la educación escolarizada, e incluso universitaria, en que el lector no se encuentra a gusto con esa palabra escrita porque no la entiende, porque es el encuentro con un alguien, el texto, que no está a su nivel, y para lo cual debe haber un largo proceso de acercamiento a través de un mediador que le tiende un puente para que haya un auténtico encuentro.

Y para ello, así como la madre o la familia en general lo encaminan al niño con tanto entusiasmo para que aprenda a conversar y a decir su palabra para que pueda comunicarse, lo mismo sucede con el lenguaje escrito; debe haber un mediador, un motivador, un orientador, o como quiera llamárselo, para que el niño y todo aquel ciudadano que quiera entrar en contacto con el texto escrito, sea de su agrado y que, en efecto, pueda entender lo que esa palabra escrita le quiere comunicar. En este caso, debe existir una atracción, tal como sucede en el amor de pareja o de familia o incluso con el amor a la Divinidad, o tal como sucede con la música, por tomar un ejemplo: “¿Por qué nos conmueve tanto la música? Pete Seeger dice que es por la manera en que se combinan el medio y el significado en la canción, por la combinación de la forma y la estructura con un mensaje emocional” (Levitin, 2019).

Ese mensaje emocional y en un medio determinado que en la música aparece, sucede también con la lectura de un texto, cuando en efecto, hemos podido sintonizar con esa combinación de palabras tan bien planificadas por el escritor que conoce a profundidad lo que escribe y que, por supuesto, el lector llega a sentirse atraído, interesado, con gozo, con placer, conforme avanza en la lectura de ese conjunto de lenguaje adecuadamente estructurado en el texto.

Al respecto, el filósofo Joan-Carles Mèlich, sostiene que los textos de placer “son aquellos que aportan al lector una especie de euforia, de comodidad, de reforzamiento en lo que ya se sabe, en lo que ya se conoce, en sus propias ideas, creencias y valores. Por eso, el placer es compatible con la cultura, con los órdenes discursivos, con las gramáticas sociales, morales y religiosas. El placer de la lectura no altera esos órdenes, no cambia la vida de los lectores” (2020). En cambio, dice Mèlich, el goce “es mucho más radical, porque sacude al sujeto, lo divide, lo pluraliza, lo despersonaliza. Es una experiencia que va contra la cultura (…). Los textos de goce son aquellos que sitúan al lector en una especie de ‘experticia límite’, o de ‘situación límite’, en la marginalidad. Son aquellos que provocan insomnio y le parte a uno la vida en dos (…), que le hacen entrar en contradicción consigo mismo” (2020). Pues, placer y goce emocionan y enseñan.