P. Milko René Torres Ordóñez
San Lucas ha compartido su profunda experiencia de fe en dos obras cuyo contenido dimensiona con firmeza el anuncio de la Buena Noticia que nos trae Jesús. Tanto en el Evangelio, como en Hechos de los Apóstoles, el tiempo del Espíritu Santo y el de la Iglesia forman un conjunto estructurado con perfección. La dimensión misionera del cristianismo encuentra su razón de ser en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El seguimiento de Jesús, apasionante, pero radical hasta el extremo despierta en sus discípulos más de una duda.
En efecto, ellos titubean en su compromiso. Permanece en sus ideales terrenos la esperanza y la ilusión de concretar sueños de grandeza humana. Jesús ha dedicado esfuerzo y tiempo en su formación integral. Llama la atención la petición de Juan y de Santiago: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Su inquietud muestra la clave existencial que los mueve a buscar conseguir un objetivo que contrasta con la pedagogía de Jesús. “¿Qué es lo que desean?” Quieren ocupar sitios de honor, derecha e izquierda, en la corte de Jesús.
La gloria de Jesús, de acuerdo a la perspectiva cristológica que narra San Lucas, tiene el color de la humillación, martirio, muerte y resurrección. Jesús ha anunciado dos veces que tenía que cumplir la voluntad del Padre. Una vez más, como el renacer de un nuevo día, les instruye. En ella, señala las condiciones necesarias para llegar a la gloria. La ley de la obediencia, apoyada en el amor incondicional, constituye la matriz de la identidad cristiana. “No saben lo que piden”. Las imágenes del cáliz y del bautismo prefiguran la amargura del martirio. “¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?”. Juan y Santiago creen que tienen fuerzas para recorrer el camino hacia la gloria. Con el paso del tiempo podrán responder a los cuestionamientos de aquella catequesis primitiva. Santiago morirá en nombre de Jesús. Juan, por su parte, entregará su vida evocando el cumplimiento del mandamiento del amor de Jesús. Sin embargo, no reciben la carta de garantía que les permita ocupar los puestos de honor que anhelan con tanta vehemencia. Jesús, como buen Maestro, tiene las ideas claras. “Ciertamente, pasarán la prueba…”. Pero, “eso de sentarse a la derecha o a la izquierda a mi no me corresponde otorgarlo”. El Padre tiene la potestad de conceder. El discípulo que sigue el camino hacia la cruz tiene que demostrar que su libertad en la misión de la Iglesia debe revestirse de los sentimientos y la voluntad de Jesús.
Cada uno de ellos ha de hacerse servidor de los demás. Jesús quiere formar una comunidad sin deseo de poder, de ambición o de dominio. La autoridad, siempre necesaria, debe reflejarse en la realidad de la entrega. El testimonio de vida, faro de luz que ilumina un horizonte en tinieblas, revela el corazón del Evangelio. Jesús, vino a servir y a entregar su vida por nuestra salvación. Quien quiere ser grande ante el mundo tiene que aprender a ser pequeño. La firme convicción de Jesús en su ideal de entrega por nosotros tiene que despertarnos.
