P. Milko René Torres Ordóñez
San Marcos narra un acontecimiento contradictorio en la misión de Jesús. Un interlocutor saduceo aparece en escena porque busca, a su manera, la respuesta a una legítima inquietud: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? La pregunta nace de una exigencia en el judaísmo de su tiempo. La ley de Moisés presentaba muchas imposiciones y prohibiciones. Parecía un enjambre de normas que no permitían vivir lo más importante. Jesús, para aclarar las cosas, sustenta su argumento en base a dos textos del Pentateuco.
El primero, tomado del libro del Deuteronomio, (6, 4-6) dice: “Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios, es el único Señor. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas…”. El segundo, de Levítico (19, 18), señala: “No te vengarás ni guardarás rencor a tus paisanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Con este soporte bíblico, Jesús demuestra conocimiento y seguridad a la hora de evangelizar. Dos dimensiones soberanas que manifiestan la fuerza del amor de Dios que une a sus hijos. El amor a Dios hace posible el amor al prójimo y únicamente en el amor al prójimo se manifiesta el amor a Dios.
El mandamiento del amor es el más importante. Da sentido a todos los demás mandamientos. Jesús no quiere un culto vacío. Nos remite al relato de la acción simbólica de la purificación del Templo: “¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las gentes? ¡Pero ustedes la han convertido en una cueva de bandidos!” (Mc. 11, 17). El maestro de la ley aprueba la respuesta de Jesús. La actitud sincera de este personaje agrada a Jesús que le alaba: “No estás lejos del Reino de Dios”. Sin embargo, el autor sagrado, deja la puerta abierta porque el drama no ha concluido.
Nos preguntamos: ¿Qué es lo que falta? El broche de oro de está escena lo conoceremos en la continuación del relato de san Marcos. Entre tanto, debemos profundizar un poco más en la riqueza de cada una de las palabras de Jesús. Con relativa frecuencia reflexionamos en torno a lo que nos sucede en este tiempo. Tenemos la sensación de que hemos recibido una herencia inmerecida con un contenido no muy sano. Todo lo que cosechamos no nos llena plenamente.
De muchas maneras y en distintos lugares predomina el confort que contrapone su fuerza con un nivel de pobreza lacerante. Aquella brecha entre ricos, cada vez más ricos, y pobres, cada vez más pobres, como indica el documento de Puebla, mantiene sus indicadores en gran medida. Algunos santos predicaban la pobreza evangélica, atesorando la grandeza del amor puro que viene de Dios. San Juan de la Cruz comparte la razón de su máxima esperanza: “En el atardecer de la vida seremos examinados en el amor”. Un cuestionamiento serio que quiere llevarnos a concretar nuestro compromiso de amar y servir a Jesús en cada uno de nuestros hermanos más pequeños y necesitados. La medida del amor viene a transformarse en la grandeza de nuestras acciones. La solidaridad, tan proclamada, no representa la suma de ideologías. Tiene que ser muy transparente, como la sonrisa de un niño. Todavía debemos aprender a amar.
