Una ética de la formación lectora

Galo Guerrero-Jiménez

Me atrevo a confirmar que cuando el lector lee porque quiere indagar en la naturaleza de un texto desde la mayor plenitud que su intelecto le permite, es poque quiere tener una visión de la vida más amena, más analítica, más reflexiva, más rica en oportunidades para vivir actuando con la mejor discrecionalidad que el ser de lo humano tiene para adentrarse en la contextura del texto escrito, de manera que pueda alcanzar un saber propio, auténtico, en cuyo espíritu subjetivo pueda orientar su pensamiento desde sus capacidades mentales  y de aquello que le provoca una inclinación para obtener una formación que le permita entender el mundo desde su conciencia más sentida en este proceso de la vida que cada vez se vuelve más conflictivo dada la abundante producción de información que la era digital nos proporciona.

Leer para obtener una narrativa propia, es decir una filosofía de vida que tenga su propia tonalidad de pensamiento, que me forme ética y estéticamente para entender el decurrir de la vida desde una experiencia de posibilidades que me promuevan a meditar en mi condición lectora en relación con la promoción de una ética personal, situacional, tal como la que propone Mèlich: “Pienso en una ética que nace de la lectura de los textos venerables de la filosofía y de la literatura, por eso es una ética de la formación y, por lo tanto, es también una ética  que vive en la sabiduría de lo incierto” (2020), dado que, en esta era digitalizada, hoy se percibe la realidad en una pantalla en términos de información, y no de narración ni de meditación.

Por eso, hoy más que nunca, el lector, el ciudadano que quiere conservar su porte de humanidad, necesita adentrarse en una ética filosófica y axiológica; por lo tanto, se trata de una “ética vista desde la formación, desde las transformaciones y las deformaciones, desde las situaciones y las contingencias, desde las incertidumbres. (…) La verdad está en el lector, en su autenticidad, en su nobleza, en su atrevimiento, en su existencia de lector [pensante, filosofante]. (…) La lectura da al lector una ‘forma’ infinita, porque es una tentativa, porque es una huella que puede surgir o desaparecer en cualquier momento. Cada lectura es una resonancia, y en todas las resonancias también hay disonancias” (Mèlich, 2020), como las que se escapan de una narrativa auténtica y filosófica, y se convierten en meros enunciados informatizados y digitalizados, en donde todo se equipara como si los seres humanos fuésemos meros objetos de consumo y de satisfacción de las necesidades (Han, 2024), dado que, a la información se la manipula desde las pantallas para que todos marchemos en el infierno de lo idéntico. Por eso, necesitamos una ética lectora que no se atenga a reglas fijas ni a las formas de aprendizaje escolarizadas tradicionalmente, sino a un compromiso personal, en el que el lector llegue a tener “una experiencia de sí y del mundo que nace como respuesta a la interpelación de los libros y que opera en las sombras, en el tiempo, en el silencio, en el sufrimiento, en el perdón, en el miedo, en la vergüenza, en el acontecimiento, en la compasión” (Mèlich, 2020), en la escucha y en la contemplación que promueven las ideas profundas.

Por eso, esta ética filosófica es totalmente contraria a la lectura de la información digitalizada, en donde el lector no tiene cabida para meditar; en tanto que, por tomar un ejemplo: “La lectura de los clásicos, de los textos venerables, no aporta conocimiento sino sabiduría, porque no nos dicen cómo tenemos que dirigir nuestras vidas, sino todo lo contrario, porque su lectura es productora de interrogantes, de dudas y de inquietudes” (Mèlich, 2020) que nos encaminan a una micropolítica de la meditación y del cuidado de la vida, de la naturaleza y de la salvación desde la meditación interior de sí mismo, que sabe escuchar sin atención a reglas fijas que proceden del exterior, como el caso de Internet que nos arrebata el don de la escucha.