La inactividad de la contemplación lectora

Galo Guerrero-Jiménez

La actividad continua de una rutina de trabajo, de estudio, de esparcimiento y de otros acontecimientos humanos, por lo regular, siempre nos encaminan a repetir los mismos patrones de conducta: conformismo, reproducción de lo igual de manera mecánica y sin mayor reflexión que no sea la obligación de actuar porque así lo dispone una normativa externa o porque la personalidad del actuante así la programa rutinariamente. Desde esta óptica, no hay espacio para la inactividad, para el reposo, para el sosiego, es decir, para ese espacio de silencio y de serenidad para contemplar la vida desde unos momentos de tranquilidad absoluta. “La obligación de actuar y, aún más, la aceleración de la vida se están revelando como un eficaz medio de dominación. Si hoy ninguna revolución parece posible, tal vez sea porque no tenemos tiempo para pensar. Sin tiempo, sin una inhalación profunda, se sigue repitiendo lo igual” (Han, 2024).

Es decir, aquello que al no ser procesado cognitivamente no produce ningún espacio de conciencia lingüística porque la vida acelerada, mecanizada, atolondrada, no le da espacio a la mente para el reposo, que es en donde se puede encontrar espacios o senderos de una vida contemplativa, es decir inactiva, aunque sea de unos pocos minutos, para acercarse en el más completo silencio, alejado de todo dispositivo electrónico y de las pantallas, para, más bien, desde la tecnología de la imprenta, disfrutar silenciosamente y, “solo con el ejemplo y viviendo desde muy temprana edad la práctica agradable de la lectura, leer será para los niños y jóvenes un ejercicio emotivo y cotidiano que influya en su apreciación estética y amplíe su proceso cognitivo” (Tejeda, 2012), tan venido a menos por ese tráfago de ruidos e impaciencia que produce la vida acelerada y que, no le da tiempo para actuar desde la gratuidad de la inactividad.

Y es que, ser lector desde el espacio de la vida contemplativa y de inactividad física, “implica involucrarse con un texto por propia voluntad, buscando en él experiencias que le ayuden a ver más allá del entorno cotidiano” (Tejeda, 2012), abrumador, asfixiante; de manera que le sea posible adentrarse, desde ese espacio de silencio lector, a una disposición mental sana, reposada y que, cognitivamente y desde ese reposo tan necesario para una nueva proyección de nuestro yo interior, me promueva a pensar contemplativamente que, como señala Del Rosario: “Una persona es una parte del universo capaz de sentir, de ir a trabajar, viajar, amar, de hablar o de querer cambiar. Vivimos en una época apasionante donde la ciencia [y el humanismo contemplativo] dispone de nuevos argumentos, los cuales pueden ayudarnos a comprender el verdadero papel de la vida en la organización del universo” (2019).

Pues, si nos interesamos en la práctica lectora desde este tipo de espacios silenciosos, podemos apreciar mentalmente lo que señala Del Rosario; pues, se trata de una inactividad actuante porque nos puede encaminar a pensar algo inaudito, algo que desde la vida activa y del ruido tras una agitación apabullante, no somos capaces de descubrir, de sentir  y de llegar a pensar en momentos y lugares gratamente disparatados, como sostiene Alberto Manguel (2007) cuando contempla desde el más completo silencio una biblioteca con su lógica laberíntica.

En el fondo, de lo que se trata es de suspender la abrumante información y el ruido que recibimos del mundo exterior, para sumergirnos en una narrativa grata, voluntariamente elegida, fortalecida por el elemento contemplativo del silencio, como le sucede al personaje protagónico de la novela En agosto nos vemos: “Agobiada por los gritos de los turistas y la música estridente, decidió llegar al cuarto para leer El día de los trífidos de John Wyndham, que tenía en turno desde hacía más de tres meses” (García Márquez, 2024). Pues, el silencio es vital.