Diego Lara León
En mi primer trabajo, tenía un compañero igual de joven que yo, pero que tenía un par de años más de experiencia trabajando en la empresa.
En la empresa tenían como costumbre que cada colaborador lleve los viernes algo para brindar a los compañeros en el café de la mañana. El primer viernes que estuve, una compañera llevó tamales, este compañero se quejó que eran de queso, que a él gustaban de pollo; la siguiente semana alguien llevó sánduches, él se quejó que tenían mayonesa; luego alguien llevó arroz relleno, él por supuesto se quejó que no le gusta el arroz relleno.
Nuestro jefe un día nos indicó que la empresa estaba desarrollando su plan estratégico y que nos llevarían dos días a una hostería para que estemos 100% concentrados en el proyecto. Todos, bueno, casi todos celebramos la iniciativa, serían dos días de “vacaciones pagadas”. Adivinen quien se quejó, pues el mismo compañero, “que tacaños, por qué nos llevan a esa hostería y no a otra mejor”, “me voy a perder el fútbol de los jueves”, fueron dos de las frases que sentenció. Llegado el día del viaje, todos estuvimos a tiempo para tomar el autobús, todos menos uno, que llegó tarde. En el viaje se quejó del estado de las vías y de cómo manejaba el chofer.
A mí, la hostería y su entorno me encantaron, en el desayuno del día siguiente, para no perder la costumbre hubo una batería de quejas, adivinen, del mismo ciudadano: “el ruido de los pájaros me despertó más temprano de lo que yo acostumbro”, “hace mucho calor”, “me comieron los zancudos”, “que desayuno para malo”.
Al finalizar el viaje, el plan estratégico quedó listo, todos aportaron, todos menos uno, que se quejó de la A a la Z.
Realmente era molestoso e incómodo cada vez que esta persona tomaba la palabra.
Varias semanas después mi jefe, me pidió que lo acompañe a un viaje por carretera, fueron cuatro horas de ida y cuatro de vuelta, tiempo suficiente para conversar de todo un poco.
Una de esas conversaciones fue justamente sobre este “pesado y quejoso compañero”. Yo le confesé que “me caía mal” y le consulté el por qué sigue en la empresa si es tan pesimista y se queja por todo.
Mi jefe me contestó con una pregunta: “¿Sabes por qué las abejas no pierden el tiempo explicando a las moscas que la miel es mejor que el estiércol?”. Antes que yo asimilara la pregunta, me volvió a consultar, “¿tú que te consideras: abeja o mosca?”, contundentemente le dije que abeja, pero confieso que respondí pensando que abeja sonaba mejor que mosca.
“¿El ser abeja te da poder y autoridad para pedir que se extingan las moscas?”, volvió a preguntar. La respuesta obviamente fue NO.
Ambas son necesarias en la naturaleza, la solución no es que la una exista y la otra no, tampoco que la una moleste y la otra no. El problema eres tú, si te unes al equipo equivocado. Pero, si una mosca hace daño más allá de la tolerancia definitivamente ¡hay que sacarla de la ecuación!
La tolerancia no es sinónimo de sumisión, de desidia o de conformismo. La tolerancia es la capacidad para identificar las diferentes formas de ver la vida y de actuar. ¿Conoces el entorno de la persona que se queja?, si no lo conoces no lo juzgues.
Si tienes en tu jardín moscas y abejas, no está mal. El problema es que tengas más moscas que abejas.
Todo en la vida tiene límites, la vida es de equilibrios: ni solo abejas, ni solo moscas. La tolerancia es una virtud, pero su exceso es dañino, así como también es dañino la ausencia de tolerancia.
“¿Ahora entiendes por que no lo he despedido?, el tiempo se encargará de ubicar a cada cosa en su lugar, nunca des por ganado o perdido algo analizando solo el momento actual”, fue la frase final, antes de pasar a otro tema.
25 años después, todos quienes estuvimos en esa empresa hemos crecido y alcanzado logros en nuestras carreras profesionales, todos menos él, que sigue en ese lugar, en el mismo puesto y quizá con sus mismas quejas y forma de ver la vida.
Y ustedes: ¿moscas o abejas?
@dflara
