P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La Iglesia Católica celebra la fiesta de Pentecostés, la presencia activa del Espíritu Santo en la familia trinitaria. En los relatos de la creación, los diversos autores sagrados reflexionan en varios momentos en la infusión del Espíritu de Dios en la vida del mundo. Dios, creador de todo, conoce nuestra intimidad y nos conduce hacia la plenitud del amor oblativo. Uno de los signos característicos de este acontecimiento, la llamada a la unidad y a la misión, marca el comienzo y la continuidad del mensaje de Jesús.
En medio del temor, que acompaña a los discípulos, las palabras que salen de los labios de Jesús reconfortan su espíritu. Reciben el don más preciado: la paz. Afianza su fe con el testimonio creíble de su pasión y cruz. Les muestra las manos y el costado, evidencias físicas y espirituales de su entrega por amor a la humanidad. La consecuencia de este encuentro, provocado por la humildad de los verdaderos misioneros, inunda cada corazón con una alegría desbordante. Un segundo saludo, con las mismas palabras que invitan a mantener la paz, llega cargado de compromisos: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.
Uno de los signos más fuertes, el soplo del Espíritu Santo, exige asumir la misericordia entre todos: “A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, y a los que no se les perdonen, les quedarán sin perdonar”. Ellos reciben la gracia y la potestad para atar y desatar. El Espíritu Santo los lleva a adherirse más y a fortalecer la fe en Aquel que los ama eternamente. Pentecostés representa salir de un encierro cauteloso hacia la esencia de la misión. No dejarán de dar testimonio de vida y, como Jesús, amarán sin límites. La fiesta de Pentecostés abre muchas puertas para la evangelización del mundo.
El Espíritu Santo, decía el Papa Paulo VI, es el alma de la única Iglesia. En ella, y con ella, el mundo camina hacia la consumación de la victoria sobre el pecado. En los discípulos, emerge la fuerza para anunciar a Jesús. Ella tiene que mover el espíritu para entender la razón de un seguimiento radical. La Iglesia en salida, principio y fundamento de la mística del Papa Francisco, debe guiar en la fe a los que no conocen a Dios, y a los que rechazan a Jesús. Vivimos en el paraíso del relativismo en el que da lo mismo creer o no creer, amar y no amar, vivir o morir.
El mundo de hoy debe despertar de un letargo patológico. Los cristianos bautizados, enseña Pablo a la comunidad de Corinto, tienen que reconocer la necesidad de vivir unidos en un solo cuerpo que es Cristo. Todos hemos bebido en el mismo Espíritu. Por ello, gozamos de la libertad de los Hijos de Dios. Nos corresponde pedir al Espíritu Santo que ilumine a nuestros jóvenes para que contagien con su frescura innata a sus familias y lo invoquen: “Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz”. La fuente de todo consuelo proviene de la bondad de Dios, la que nos da paz en nuestra alma, especialmente en las horas de duelo. Espíritu Santo, iluminalos.
