Efraín Borrero Espinosa
La prestigiosa “Guía Comercial, Agrícola e Industrial de la República”, elaborada en Guayaquil por la Compañía “Guía del Ecuador”, logró gran reputación a nivel nacional e internacional por la solvencia de sus acuciosas investigaciones y la confiabilidad de la información. Algunas bibliotecas del exterior la tenían en su stock; por ejemplo, la Universidad de Texas en Austin.
En la edición del año 1909 existe valiosa información para determinar el estado de situación de la ciudad y provincia de Loja, especialmente en el orden comercial e industrial.
Para entonces el Ecuador tenía dieciséis provincias y en el territorio nacional regía la Constitución de 1906 que marcó un hito en la historia del país al establecer la separación de la Iglesia y el Estado. Los diputados por Loja: Agustín Cueva, Manuel Rengel, José María Ayora y Benjamín Cevallos, a quienes el Estado les pagaba 20 sucres por sesión, más viáticos y pasajes, rubricaron con su firma esa Carta Magna.
En cuanto a la provincia de Loja, tenía seis cantones: Loja, Saraguro, Paltas, Celica, Macará y Calvas, todos ellos aislados del resto del país por falta de vías de comunicación. El ganado caballar y mular era el medio de transporte para personas y carga. Una mera referencia es que desde Catacocha a Loja se pagaba dos sucres por cada quintal.
La ciudad de Loja, a pesar de ese aislamiento y abandono de los poderes centrales, se mostraba pujante gracias al esfuerzo de su gente que jamás se amilanó ante las adversidades.
En el seno de la Asociación Lojana de Quito, el 18 de noviembre de 1979, Alejandro Carrión Aguirre nos deleitó con un hermoso discurso en el que, entre otras cosas, expresó: “Nosotros hemos nacido en una tierra hermosa, rica y singular, a la que el destino ha condenado a una dura existencia, cuyo signo principal ha sido el olvido, el abandono y la distancia. Patria llena de olvidos y distancias, el Ecuador dejó a Loja vivir sola consigo mismo y al no extenderle su mando grande, le dijo que solamente su esfuerzo debía valerle. El lojano no se desesperó ni se refugió en el lamento estéril. Se hizo una coraza de confianza en sí mismo y trabajoso, pero firmemente comenzó a trabajar su propio porvenir”.
La “Guía” hace un estudio detallado de cada una de las provincias existentes hasta 1909, y obviamente se refiere a sus principales ciudades. Un análisis comparativo, con exclusión de los dos polos de desarrollo: Quito y Guayaquil, permite establecer que la ciudad de Loja ocupó un sitial importante en el contexto nacional, partiendo del hecho que ya disfrutábamos del servicio público de energía eléctrica, lo que posibilitó el desarrollo de actividades comerciales, industriales y culturales.
Contábamos con cinco imprentas; la primera traída desde Lima en 1855 por Juan José Peña, hombre progresista y eminente patriota. Con la imprenta surgieron una serie de periódicos y revistas que constituían el escenario de una ardua actividad periodística.
Había consulados de Colombia, Perú, Argentina, Brasil, Chile y Francia. Alberto Rhor, quien fuera el técnico encargado de la adquisición, montaje y funcionamiento de la primera planta de energía eléctrica en nuestra ciudad, ocupó el cargo de Agente consular de Francia en 1901.
Nuestro emblemático colegio, el Bernardo Valdivieso, había adquirido su nombre propio mediante decreto dictado el cinco de septiembre de 1902 por Eloy Alfaro, como justo homenaje a la memoria de su ilustre benefactor. Antes, el veinte y seis de diciembre de 1895, el mismo Eloy Alfaro expidió el Decreto estableciendo la Facultad de Jurisprudencia con atribuciones para conferir grados y títulos de Licenciado y Doctor en Jurisprudencia, por cuenta de la Junta Universitaria de Derecho adscrita al referido Colegio.
Entre los profesionales lo que más había era doctores en jurisprudencia: sumaban ochenta y cuatro, muchos de ellos de ellos eminentes escritores y docentes. Los médicos eran nueve, las obstetras cuatro; farmacéuticos tres, y un ingeniero. Los artesanos, entre carpinteros, herreros, sastres y zapateros, sumaban una buena cantidad.
En esa recoleta ciudad la vida era relativamente tranquila; la gente solía pasear por la calle “Luz Eléctrica”, que así se llamaba la actual 10 de agosto, porque no había otra de importancia. La ocasión era propicia para mostrar las galas de moda. Los hombres lucían ropa de estilo y corte moderno confeccionada en los grandes talleres de Félix Azanza.
Los viajeros se hospedaban en la posada propiedad de José Pío Serrano, a pocos pasos de la plaza central. Ese fue el aposento cuando el intrépido Cosme Renella vino a Loja en su pequeño avión.
El potencial económico se sustentaba en las actividades comerciales e industriales. Grandes almacenes se encargaban de la provisión de artículos y productos, muchos de ellos importados. Se destacaban los siguientes establecimientos comerciales: Manuel Veintimilla Jaramillo, importador de artículos especiales, de novedad, lujo y fantasía. Logró un estatus de preeminencia con su depósito de ventas al por mayor y menor de casimires, telas, sombreros, muebles y espejos importados. Capítulo aparte mereció la importación de pianos alemanes con los que una vez armados se hacía una demostración en el parque central. Rafael Villavicencio vendía casimires y artículos de fantasía; José Antonio Mora fue importador de variadas mercaderías; José Miguel Unda era comerciante y agricultor; Juan Durán fue un importante comerciante y en la Casa Comercial de Vicelín Cevallos se expendía licores nacionales y extranjeros, así como abarrotes en general.
En el área farmacéutica se destacaron los hermanos Teodoro y Nicanor Puertas Valdivieso.
Teodoro estableció la Botica y Droguería Ecuatoriana que importaba medicinas directamente desde Europa y Estados Unidos. Nicanor, que fue el primer químico farmacéutico de Loja, estableció en 1906 la “Botica del Pueblo”. En esa droguería se preparaba fórmulas mágicas con materias primas importadas principalmente de Francia. Se elaboraba jarabes, obleas, cápsulas, cremas, etc., utilizando morteros de cristal y loza, así como balanzas de precisión.
En la actividad industrial prevaleció la industria harinera porque los rendimientos económicos eran mayores. Lautaro Vélez fue propietario de molinos “Jericó”; Serafín Larriva de molinos “Zamora” y Manuel José Eliseo Samaniego de molinos “El Porvenir”, quien, además, era proveedor de máquinas para la elaboración de fideos y chocolates, y exportaba cascarilla, cueros y café. Esos establecimientos industriales contaban con grandes depósitos de trigo, maíz, cebada y arveja, para su pulverización y expendio”.
Manuel José Eliseo Samaniego, casado con Victoria Palacio Borrero, merece especial mención porque aportó significativamente al desarrollo de Loja en diversos órdenes, haciendo gala de su visión y honestidad inquebrantable. Fue quien construyó uno de los edificios más sólidos y de espléndida arquitectura en la ciudad de Loja: el Hospital San Juan de Dios. El contrato suscrito fue por treinta y ocho mil sucres que alcanzó para una parte de la edificación, el resto construyó con dinero de su peculio. No obstante, cuando se inauguró oficialmente el hospital, el veinticuatro de mayo de 1921, por razones políticas no fue invitado al acto organizado por la gobernación de la provincia.
Fue un hombre apreciado por la colectividad lojana y valorado por sus múltiples manifestaciones de generosidad. Gustaba de una vida confortable acorde con su posición económica. A él se atribuye haber traído el primer carruaje de cuatro ruedas para transportar personas, tal como los que había en las grandes metrópolis. En lenguaje refinado suele decirse que es un vehículo de tracción animal.
Además de su trajinar comercial fue un hombre lleno de civismo; conformó en 1910 la Junta Patriótica en defensa de la soberanía nacional junto con Máximo Agustín Rodríguez, Víctor Antonio Castillo, Agustín Cueva, Pío Jaramillo Alvarado, Agustín Carrión, Darío Palacios, Benigno Valdivieso, Rafael Riofrío Carrión, Carlos Valdivieso y Juan Ruiz.
Manuel Samaniego perteneció a una familia que, en su conjunto, ha sido altamente productiva para Loja a lo largo del tiempo; personas de incansable trabajo, honradez insospechable y espíritu altruista. Recordemos que algunos años después su pariente cercano, José Miguel Agustín Samaniego Burneo, fue artífice de la más grande industria que por aquel tiempo hubo en la ciudad de Loja.
Ocurrió el diez de junio de 1963 cuando constituyó la «Compañía Anónima Molinera Envasadora Lojana S.A. – CAMEL -«, junto con su esposa Julia Victoria Valdivieso Riofrío, Carlos Ávila Sabrosqui y Teresa Salazar Cevallos de Ávila, cuyo objeto era la elaboración de harina de trigo y de todo lo relacionado a molinería en general. Sus instalaciones abarcaban la manzana que en parte ocupa actualmente el Hipervalle, en la avenida Orillas del Zamora entre Guayaquil y Azogues.
Sobre el nombre comercial CAMEL se produjo una simpática anécdota que bien vale contarla entre la realidad y la fantasía. La compañía norteamericana productora de la prestigiosa marca de cigarrillos CAMEL, se llegó a enterar que en un pueblo al sur del Ecuador se había usurpado esa patente internacional establecida desde 1913. Entonces encargaron a un cuerpo de investigadores averiguar el caso para encaminar las acciones legales y hacer trizas a los osados usurpadores.
El informe final dejó en claro que no había de qué preocuparse; ellos están con su fábrica de harina en una pequeña pero encantadora ciudad, en la que, además, se prepara el cuy más exquisito del mundo. Simplemente ha sido una coincidencia muy casual que en nada afecta al poderoso imperio de los cigarrillos. Los ejecutivos se maravillaron con la referencia de Loja y olvidaron el asunto. La familia Samaniego agradeció epistolarmente el gesto y todo quedó en paz. Fue entonces cuando la norteamericana CAMEL creó su camello insignia que sonriente dice: «Todos me adoran».
José Miguel Agustín Samaniego Burneo fue un hombre con extraordinaria calidad humana; junto con su esposa y un grupo de personas tomaron la iniciativa de crear un espacio que permitiese la manifestación solidaria de la comunidad. Así surgió la conocida Liga de la Caridad que ha venido funcionando con tarjetas que se envían a los velorios. Hasta hoy, los valores recaudados por ese concepto sirven para financiar el sostenimiento de la Casa de Enfermos Terminales. Sin duda que es una obra social por demás digna de encomio.
