Loja de prohombres a pronombres

Jeamil Burneo

Desde los rincones más remotos del país —y hasta más allá de sus fronteras— llega el eco de un elogio repetido con genuino asombro: ¡Qué calidad humana la de Loja!, ¡Qué cantera inagotable de talento!, ¡Qué cuna de músicos, ingenieros, biólogos, arquitectos, poetas! Y uno, como buen lojano, hincha el pecho. Porque sí, es cierto. Hemos exportado inteligencia, arte, rigor académico, ética profesional y una altivez silenciosa que —como buen café lojano— solo se aprecia de verdad cuando se sirve lejos de casa.

Pero claro, basta retornar a Loja, por cualquiera de sus entradas estratégicas (norte, sur, este u oeste, o lo que quede de ellas), para sentir que uno ha cruzado a una dimensión paralela. De la ciudad de las ideas pasamos, casi sin darnos cuenta, a la ciudad de los baches. La ciudad donde el talento migra y la dejadez florece. El contraste es tan brutal, que parecería que las luminarias lojanas solo brillan cuando están lejos; aquí, en su tierra, se les reserva un lugar… en el olvido.

Y no, esto no es producto de un mal día o una visión pesimista. Es el resultado de años —décadas, si se quiere— de una planificación que solo se activa en papeles con membrete, mientras la ciudad real se hunde en baches, desborda aguas servidas y colecciona racionamientos de agua como si fueran estampillas. Hemos tenido inviernos de terror y veranos con sabor a castigo supremo, pero lo más lamentable no es el clima: es la actitud climática de quienes administran. Esa parsimonia disfrazada de tecnicismo, esa tendencia irrefrenable a culpar al pasado por todo y a nadie por nada.

La culpa, claro, nunca es del que hoy gestiona, sino del material de las tuberías. Del plan maestro de hace veinte años. De la topografía. De los ríos. Del Niño. Del cambio climático. ¡Del mismísimo Bolívar si hace falta! Así, se repite el ciclo: cada cuatro años renacemos como si no existiera historia, como si no hubiera pasado que sumar, sino solo errores que borrar. Una suerte de amnesia institucionalizada, en la que cada nueva administración se siente fundadora de la República Federal de Loja, territorio independiente de memoria y responsabilidades acumuladas.

Lo más gracioso —o trágico, según el día— es que todos conocemos al menos a un lojano brillante, de esos que han hecho historia en la academia, en la empresa, en la gestión pública de otras ciudades, incluso en organismos internacionales. Y uno se pregunta: ¿por qué esos mismos lojanos no están aquí, tomando decisiones, marcando el rumbo? ¿Será porque les espanta el pantano politiquero donde se chapotea en nombre del “progreso”? ¿Será porque aquí se valora más al gritón que al sabio, al adulador que al técnico?

La ironía es que fuimos pioneros: primera planta de energía eléctrica del país, segunda en Sudamérica. Premios internacionales por gestión ambiental. Modelos de reciclaje con clasificación domiciliaria cuando otros apenas comenzaban a construir rellenos sanitarios. Y ahora, cuando el mundo habla de sostenibilidad, nosotros acumulamos basura, cerramos parques y perdemos vergeles urbanos por negligencia y desidia.

¿Dónde están los premios ahora? Ah, sí: empolvándose en algún lugar o alimentando la mezquina duda de su veracidad, mientras el Festival de Artes Vivas intenta cada noviembre recordarnos que una vez fuimos vanguardia cultural. Que Loja podía ser —y aún podría— una ciudad universitaria de verdad, donde las ideas no solo se gestan, sino que se aplican. Y sin embargo, esa alianza prometida entre academia, sociedad y política se tambalea cada vez que un burócrata decide que el conocimiento no es rentable, o que planificar a más de cuatro años es “demasiado ambicioso”.

La industria más potente de Loja —nuestra verdadera mina— es la industria intelectual. No produce humo, ni tala bosques, ni contamina ríos. Produce ideas, metodologías, soluciones. Produce bien común. Pero esa riqueza se escapa por las fronteras físicas y mentales de una ciudad que ha normalizado la fuga de cerebros. Y lo que queda… bueno, lo que queda son administraciones descerebradas, por decirlo suavemente.

Los lojanos nos estamos cansando. De las excusas, del cinismo, del doble discurso. De ver cómo las elecciones se convierten en ferias de promesas huecas, y los cargos públicos en puestos de exhibición. Es curioso cómo la democracia se ejerce cada cuatro años con tanto fervor y tan poca reflexión. Votamos como si jugáramos una tómbola, y luego pasamos cuatro años lamentándonos del premio que nos tocó.

Loja no necesita mesías, necesita coherencia. No necesita más diagnósticos, sino voluntad. No más simulacros de participación, sino ciudadanía empoderada, activa, incómoda. La planificación no puede ser una palabra reservada para los informes técnicos ni una excusa para el inmovilismo. Tiene que ser una práctica cotidiana, una ética urbana, una forma de amar —con inteligencia— el lugar que habitamos.

Así que, quizás no sea tan utópico pensar que podemos hacerlo mejor. Que podemos pasar del sarcasmo al compromiso, del abandono a la corresponsabilidad. Que un día los lojanos brillen, también, aquí.

Porque si no somos capaces de gobernarnos con altura, por lo menos tengamos la decencia de no seguir culpando a las tuberías.