LA PAZ Y LA GUERRA 

    P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La palabra de los profetas, aguda como una espada de doble filo, nunca pasa desapercibida. Aunque parezca incómoda, resulta necesaria. El profeta deja sentir la fuerza de un poder transformador, signo de contradicción para muchos detractores. Jeremías, el Profeta de las Lamentaciones, recibe muchas prohibiciones para cumplir con su misión. Los jefes que habían apresado al Profeta tienen clara su consigna: “Hay que matar a este hombre, porque las cosas que dice desmoralizan a los guerreros que quedan en está ciudad y en todo el pueblo…”.

Humillado y torturado, Jeremías, mantiene viva su confianza en Dios. Por orden del rey Sedecías Jeremías fue liberado por treinta soldados. El Señor no quiere que muera Jeremías. Dios, amparo y protección, cuida a sus hijos. En el sermón sacerdotal de Hebreos, el predicador recalca la importancia del trabajo comunitario, porque su ayuda, digna y necesaria, fortalece la vida del pueblo de Dios. Un hombre de bien, busca lo mejor. Acentúa la importancia de la herencia recibida de los antepasados que dieron ejemplo de fe. Perseveraron en las pruebas, nunca desconfiaron de la asistencia divina. Con este soporte fundamental nos exhorta a vivir libres de aquello que estorba y ata. Nos esclaviza. Nos impide correr con determinación en la carrera que tenemos por delante.

Jesús, autor y consumador de nuestra fe, aceptó cargar la cruz y morir en ella. Sin embargo, san Lucas profundiza la enseñanza en base a otros aspectos. Desde el comienzo de su obra, el querido médico griego, puso en labios del anciano Simeón un signo profético que tendrá una repercusión sumamente fuerte en la Historia de la Salvación: por Jesús, bandera discutida, y signo de contradicción, muchos hombres y mujeres, en todas las épocas y culturas, caerán y se levantarán.

Resuena, en la memoria del pueblo, el comienzo de la vocación de Jeremías. El profeta está llamado a plantar y derribar, a anunciar buenas noticias y a denunciar las injusticias. María, madre, maestra y compañera de Jesús, compartirá su pasión. A ella, una espada le atravesará el alma. Más allá de los primeros momentos del llamado a la misión, el testimonio de vida tiene que dar señales auténticas de fortaleza y transparencia. La tarea del discípulo, contradictoria por tantos motivos, conjuga dos dimensiones inseparables: la paz y la guerra. En el Evangelio según san Lucas, Jesús proclama su mensaje con palabras que marcan y trascienden el tiempo y la historia: “He venido a traer fuego a la tierra…”.

El mundo, frío en sus decisiones positivas, respecto a la fe, debe llenarse de un calor necesario. En Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre la floreciente comunidad de seguidores de Jesús con lenguas de fuego para levantar su entusiasmo recluido en medio de la persecución y el miedo. Jesús, acentúa la razón de su anuncio: “¡Cuánto desearía que ya estuviese ardiendo! El bautismo, que espera recibir, reafirma la misión encomendada por el Padre en el Jordán. Jesús nos recuerda que tenemos un compromiso con la fe y con la vida. La paz de Jesús apacigua las consecuencias de una vida dedicada al consumismo y a la indiferencia. Jesús quiere más de nosotros. No nos alejemos de Él.