LA PUERTA ANGOSTA 

    P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El profeta Isaías, mensajero de Dios para anunciar buenas noticias, transmite el mensaje divino con una promesa, signo de paz y unidad para la humanidad: “Vendré para reunir a las naciones de toda lengua. Vendrán y verán mi gloria”. Israel, que ha regresado del exilio en tierra extranjera, recibe una palabra de esperanza.

El Señor quiere que su palabra no quede olvidada, sino que los mensajeros de paz den a conocer su nombre a las naciones. El pueblo debe responder con alegría y gratitud a todas las manifestaciones de amor y liberación en su estancia en el desierto. La palabra del Profeta, más que cuestionar, anima a los suyos a propagar la grandeza de Dios. Todos los pueblos ofrecerán al Señor lo mejor de su vida. Recibirán, a cambio, la presencia de sacerdotes y levitas.

El pueblo alcanzará la plenitud del amor eterno en cada paso que da para construir un Templo nuevo. Isaías, anima a no perder la esperanza y los exhorta a perseverar en el objetivo. La experiencia que vivieron lejos fortaleció su fe. Dios, siempre bueno y fiel, corrigió sus errores, como el padre que quiere lo mejor para sus hijos. El camino a la perfección presenta retos y exige compromisos. Jesús, el gran misionero, narra san Lucas, enseñaba por ciudades y pueblos, rumbo a Jerusalén, la ciudad de la paz y del martirio. El discípulo debe responder, con su vida, a la invitación a formar parte del reino prometido. Utiliza la metáfora de la puerta que es angosta.

Muchos querrán entrar en ella y no podrán. La lucha, el esfuerzo, el combate contra las tentaciones y la fuerza del mal, constituyen la garantía para acceder a la dicha de participar de un gran banquete. El relato de san Lucas abre el espacio para comprender la belleza de la esperanza. La predicación de Jesús nos lleva a aceptar la exigencia de la conversión. La aplicación práctica del mensaje de salvación abre la puerta tan anhelada y buscada. La decisión por el reino implica juntar nuestras fuerzas y fortalecer la misión evangelizadora. La Iglesia cuenta con nosotros, testigos de la fe, constructores de un mundo de justicia y paz.

El testimonio de muchos hombres y mujeres, que sembraron con su sangre, el presente y el futuro de la humanidad, el rostro de una Iglesia viva, actualiza la exigencia de Jesús. El camino no es fácil. Las contradicciones las encontramos en cada momento. Aparecen, dudas e incertidumbres, espejismos que confunden, desiertos que desalientan. Sin embargo, en medio de la tormenta, la palabra viva y eficaz de Jesús aclara el panorama. Escucharemos, como en el relato de la tempestad calmada, el golpe fuerte de su poder y autoridad. Aquel ambiente, lleno de temor, recobra su verdadera identidad. La fe que exige Jesús, genera controversia. Nuestra razón para navegar en su barca implica una entrega total.

Nos invitará, una y otra vez, a remar mar adentro. A lanzarnos al mar, en medio de la niebla, a caminar sobre el agua. Si creemos en la palabra viva de Jesús llegaremos a buen puerto. Jesús, como camino, verdad y vida, comparte con nosotros el peso de la cruz. Nos levanta.