P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La Conmemoración de los fieles difuntos forma parte de un acontecimiento universal para los cristianos católicos. La familia, reunida en un ambiente de fe y oración, recuerda a sus seres queridos. El misterio de la muerte, tan profundo como la vida, merece una consideración particular. La Sagrada Escritura, en el libro de la Sabiduría, destaca la realidad de las almas de los justos e insensatos. Los justos, afirma, “están en las manos de Dios”. Ellos descansan en paz. Los insensatos “pensaban que los justos habían muerto, que su salida de este mundo era una desgracia, y su salida de entre nosotros, una completa destrucción”.
El hombre vive, con frecuencia, entre el asombro y la esperanza. No puede escapar de aquel círculo de reflexión que lo mantiene en vilo. El sabio levanta sus ojos al cielo para contemplar la verdad del amor de Dios que ama sus elegidos y cuida de ellos. La muerte, comienzo de un camino hacia una vida nueva, disfruta de la plenitud de la resurrección. Todos los hombres de fe, como el autor del salmo 26, esperan “ver la bondad del Señor” que es luz y salvación. La confianza puesta en Dios fortalece sus buenas acciones.
Pedimos al Señor vivir en la “casa del Señor, todos los días de nuestra vida”. El testimonio de los santos, tan real como el sol de cada día, nos introduce, con mucha fuerza, en el corazón misericordioso de Dios. Santa Teresa de Jesús anhelaba morir a esta vida para disfrutar del encuentro con el Señor: “Cuán triste, Dios mío, la vida sin ti, ansiosa de verte, deseo morir”. El suspiro de un alma limpia es igual a la caricia de un Padre que nos ama. La gracia divina es el aire que mantiene firme la alegría de sentir paz interior: “El corazón me dice que te busque y buscándote estoy”. Dios es amor, escribe san Juan en su primera carta. El autor sagrado, discípulo cercano de Jesús, habla, desde su experiencia interior, de la frescura de una nueva vida: “Estamos seguros de haber pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos”.
El mandamiento del amor universal, proclamado por Jesús, debe cumplirse en este mundo: “Conocemos lo que es el amor, en que Cristo dio su vida por nosotros. Así también debemos dar la vida por nuestros hermanos”. Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, recuerda a sus discípulos la importancia de sembrar, en el camino de nuestra existencia, el amor a la caridad y la justicia. Como Juez Universal separará a los buenos y a los malos: “Apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y podrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda”. En esta parábola no encontramos conceptos complejos que sean contrarios a la realidad que nos engloba. Jesús nos recuerda que, mientras existimos, debemos practicar el bien. El premio merecido, la resurrección y la vida eterna, tiene que ser nuestro objetivo. El acercamiento del hombre hacia la convivencia que construya la civilización del amor define nuestra sincera opción por el amor verdadero, como Jesucristo nos enseñó.
