LA FÁBULA DEL COLIBRÍ

Diego Lara León

Hace unos días escuché a “un analística político” decir que la solución a los problemas del país está en cambiar la constitución. Ese mismo día escuché (por muy poco tiempo), a “un analista constitucional” decir, en cambio, que no serviría para nada redactar una nueva carta magna.

Por otro lado, pero bajo el mismo contexto, varios políticos ofrecen “transformar la ciudad y país” si son electos; y, un número importante de electores, votan por alguien, “porque están esperanzados en que les cambie su realidad”.

Hace varios meses, en este mismo espacio escribí un artículo sobre, el libro de William McRaven, el famoso bestseller, Tiende tu Cama. Ahora quiero nuevamente abordar este tema, pero desde una linda fábula que escuché hace poco.

Cuenta la fábula que, en un enorme bosque, un día de aquellos, se inició dantesco incendio. Todos los animales que en él vivían, empezaron a correr despavoridos, todos, menos un pequeño colibrí, él intentaba apagar el incendio en el bosque. Mientras las llamas devoraban todo a su paso, el diminuto pájaro volaba una y otra vez hacia el río, tomaba unas gotas de agua con su pico y las dejaba caer sobre el fuego. Los animales desesperados, lo observaban incrédulos. “¿Acaso crees que podrás apagar el incendio tú solo?”, le gritaron. El colibrí, sin detener su vuelo, respondió: “Yo hago mi parte”.

Esta fábula es tan breve como poderosa, encierra una enseñanza profunda sobre la responsabilidad individual y la acción frente a los problemas colectivos. En un tiempo en que la apatía y la indiferencia parecen dominar, el colibrí nos recuerda que el cambio no comienza con los discursos ni con las grandes promesas, sino con pequeños actos de coherencia y compromiso individuales.

Vivimos en sociedades donde los incendios —reales y simbólicos— se multiplican. El fuego de la desigualdad, de la corrupción, de la violencia y del deterioro ambiental consume nuestros recursos y nuestra esperanza. Ante eso, la mayoría observa con resignación, convencida de que nada se puede hacer o de que el esfuerzo individual es inútil, otros en cambio vociferan y se quejan complicando aún más el problema. Nos hemos acostumbrado a mirar los problemas como si fueran responsabilidad de otros: del Estado, de los empresarios, de los políticos o de las futuras generaciones.

Sin embargo, esta fábula del colibrí nos desafía a repensar esa postura. No se trata de negar la magnitud de los desafíos, sino de reconocer que la transformación colectiva empieza cuando cada persona decide hacer su parte, por pequeña que parezca. Si cada ciudadano reciclara un poco, si cada funcionario actuara con ética, si cada empresario pensara en el bien común, si cada joven creyera en su poder de incidencia, el fuego se debilitaría. No se trata de salvar el mundo en soledad, sino de encender una cadena de acciones que inspiren a otros a sumarse.

El colibrí es símbolo de esperanza activa, no de ingenuidad. No ignora la magnitud del incendio, pero tampoco permite que el miedo lo paralice. En tiempos de crisis y desencanto, esta fábula nos invita a pasar del lamento a la acción, del “no se puede” al “yo puedo empezar”.

Quizá no apaguemos todos los incendios, pero si cada uno hiciera su parte, el mundo sería un bosque menos ardiente y más habitable.

@dflara