Wilman Eduardo Aldeán Aguirre
Planificador Territorial, Especialista en Cambio Climático y Ciudades
wilaldean@gmail.com
0984193819
El territorio no es solo el espacio donde vivimos: es el lugar del que obtenemos los recursos para desarrollarnos, convivir y proyectar el futuro. Es dinámico, complejo y resultado de la relación entre la naturaleza, las actividades humanas y las decisiones que tomamos como sociedad. Por esa misma razón, no puede dejarse de planificar adecuadamente, ya que es clave para vivir en entornos más seguros, sostenibles y capaces de garantizar derechos para todas las personas.
Ecuador ha aprendido, a través de dolorosas experiencias, que no basta con reaccionar a las emergencias, o identificarlas de forma amplia. Los grandes desastres que forman parte de nuestra memoria colectiva nos lo recuerdan: el terremoto de Pelileo de 1949, que dejó alrededor de 6.000 víctimas y obligó a reubicar la ciudad; la erupción del Guagua Pichincha en 1999, que afectó seriamente la calidad del aire en Quito; o el sismo de 2016 con epicentro en Pedernales, que reveló no solo la fragilidad de nuestras ciudades ante la ocurrencia de un desastre sino también las consecuencias de una construcción informal sin control adecuado. A esto se suman las emergencias asociadas a la ruptura del oleoducto que ha afectado ríos y mares, los incendios forestales cerca de áreas urbanas que han afectado la flora y fauna en zonas muy sensibles, o la emergencia sanitaria del COVID-19. En todos los casos han evidenciado debilidades institucionales, falta de coordinación y limitada capacidad de respuesta.
Es importante entender algo fundamental: los desastres no son “naturales”. Los fenómenos naturales existen, pero el desastre ocurre cuando se combinan con vulnerabilidades creadas por decisiones humanas, mala planificación urbana, desconocimiento o incumplimiento de la normativa, ocupación de zonas de riesgo, deficiente control ambiental y expansión desordenada del suelo urbano y agrícola. Sin vulnerabilidad, no hay desastre.
Construir territorios más seguros exige cambiar la forma en que ocupamos el territorio. No podemos seguir rellenando quebradas antitécnicamente, construyendo en márgenes de ríos o forzando al territorio a adaptarse a intereses individuales. Las ciudades crecen aceleradamente y esa presión sobre el suelo aumenta los riesgos si no se gestiona adecuadamente.
Por eso, es indispensable mirar el territorio desde lo técnico, pero también desde lo social. Se requiere caracterizarlo correctamente, conocer sus problemáticas reales y actuales, aplicar y evaluar las normativas existentes, y reformularlas cuando sea necesario. Ecuador cuenta con leyes de gestión de riesgos y de ordenamiento territorial que, si se cumplen y fortalecen, pueden permitir a los gobiernos locales planificar mejor, prevenir antes de lamentar y construir modelos de gobernanza más sólidos.
La tarea es compartida: Estado, gobiernos locales, academia y ciudadanía. No se trata solo de evitar tragedias, sino de garantizar ciudades más justas, resilientes y preparadas, donde la vida de las personas esté siempre por encima de la improvisación y el desorden.
