Por: Sandra Beatriz Ludeña Jiménez
Entre trompos, chupetes y encantos transcurrió la infancia compartida con camaradas. Los recuerdos acuden ansiosos, mientras los obreros tocaban unas trompetas antiguas, un bombo, unos platillos, después de la misa me gustaba que mamá con canguil me endulce, mientras reventaban los cuetes de la retreta (función musical al aire libre), la canción de “La flor zamorana” se quedaba sonando en los oídos. Camino a casa repasaba las melodías del cantor de iglesia, y una vez en el vecindario, me quedaba mirando la pericia de vecinos bailando sus trompos como orquestas. En el barrio Chorillos a doña Contento, no le faltaba un ejército de rojitos chupetes, en papel de despacho, envueltos; a peseta, a peseta, voceaba, que el que prueba siempre aprueba.
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