Sentir y pensar con criterio moral

Galo Guerrero-Jiménez

Dejarse iluminar con el encuentro de un buen libro es vital no solo para el desarrollo de la inteligencia intelectual que a través de la cognición y de la conciencia lingüística, le permiten al lector, sea de la edad que sea y de la condición de su papel educativo y cultural en que se encuentre representado en la sociedad, caminar en la vida, leyendo con tranquilidad, en silencio y con la debida concentración puesta en el texto de su preferencia, o en el que, en el trayecto educativo de su formación le hayan sugerido, lo cual le permitirá, como sostiene Michèle Petit, mostrarle los imprevisibles caminos por los cuales las palabras e ideas impresas se resignifican, se potencian para que el lector consiga algo que en otros espacios le es negado: la posibilidad de hacerse un poco más dueño de su propia vida (2022).

En efecto, todo depende de cómo se pueda enganchar con ese conjunto de lenguaje que le dice algo, poco o mucho, a veces con toda claridad; en otros casos, leyendo y leyendo hasta que siente que se reanima su interioridad, se pone en movimiento el pensamiento para relanzar una actividad de construcción con sentido para suscitar intercambios; recordando, eso sí,  que el lenguaje leído nos constituye, nos construye, nos reconstruye mostrando que una dimensión tan esencial en el texto o quizá poco constructiva, se añaden narrativamente (Petit, 2022)  y desde espacios fenomenológicos, axiológicos, estéticos y cognitivos, a la convivencia de todos los días, celebrando lo imaginario, la realidad y el conocimiento desde el desarrollo de sus capacidades emocionales, intra e interpersonales representadas en su accionar cotidiano.

Estas realidades lectoras, es decir, este tipo de comportamiento lector cuando está debidamente encaminado en el sistema educativo y, por supuesto, cuando “el propósito esencial de la educación es desarrollar conocimientos, habilidades y competencias que permitan al ciudadano participar activamente en la sociedad y aportar soluciones a los desafíos nacionales” (Passailaigue Baquerizo, 2025) y de ciudadanía democrática desde el mejor condimento de su personalidad juvenil, la lectura de un escrito, no solo literario, sino el de las ciencias experimentales, el de las humanidades y el de las ciencias sociales, se convierte en ese efecto propulsor de un pensamiento granado, altivo y de un compromiso ontológico y estético-cognitivo con esa palabra escrita que al ser leída, se convierte en “una incitación a mantener el enlace entre el sentir y el pensar, sin los abominables dictados coercitivos de la consciencia, porque hay un camino inagotable que se sustenta en el recuerdo y en la promesa. Infortunadamente, los escenarios profesionales, dentro del aciago discurso de la competitividad, no solo se enfrentan al reto de responder al deber, sino al de sostener la empatía y la ética que construye la límpida otredad” (Álvarez-Galeano, 2023).

Esa otredad que se encarna en cada individuo de manera personal o institucional, y que, como ciudadano, acude al encuentro con la palabra de alguien que, desde la oralidad, al escuchar, al conversar, al preguntar, al cuestionar, o desde “el fenómeno del lenguaje y la escritura [que] está anclado a la supervivencia del ser humano, pero también a su progreso. La escritura marca el paso de una etapa a otra y, por supuesto, posibilita al ser humano [no solo al estudiante] a interrelacionarse. También es cierto que la lectura conduce a toda persona a construir un refugio moral que le protege de las miserias humanas; es el diálogo incesante entre el libro y el alma”. (Curay Banegas, 2023) que disciernen y espiritualizan ontológicamente la palabra leída.

Es verdad, el lector solo se deja iluminar si el encuentro es desde el libro y el alma, en esa tonalidad del pensamiento que lo nutre actitudinal y espiritualmente en torno al encuentro de grandes conceptos de saber que se convierten en oportunidades de crecimiento ético-cognitivo.