¡Vuelve Quilanga!

Juan Luna

Al escribir estas modestas líneas, pienso en todo aquel quilanguense que, por diversos motivos, tuvo o tiene que ausentarse de forma prolongada de su tierra. Las razones, quizá, no importen en este momento; más bien, al pensar en ellos y en mí mismo, se refrescan los sentimientos más nobles de añoranza. El palpitar del corazón se enciende con el deseo de volver y el anhelo de no salir jamás, pues cobran vida los recuerdos de los años dorados de la infancia, el gozo de la familia y la sonrisa leal junto al abrazo confidente de amigos y vecinos.

La vida, en esos momentos que nos reúne, acrecienta el deseo de reencontrarnos con nuestros ancestros. El alma lleva guardados los recuerdos más dulces y tiernos que, al evocarlos, nos llenan de felicidad por aquellos años en los que se tejieron las emociones más profundas de nuestra existencia.

Si el sentido de pertenencia surge en quienes estamos temporalmente distantes de la tierra que nos vio nacer, me pregunto: ¿qué sentirán los valientes coterráneos que la dejaron para siempre? Muchos, ante la falta de oportunidades, emprendieron la búsqueda de un porvenir mejor, a veces impulsados por el cansancio ante el abandono de las autoridades, lo que nos ha obligado a buscar nuevas formas de vivir en rincones lejanos.

Las respuestas, ya sean historias de felicidad o de dolor, las llevamos cada uno en el alma. La diáspora quilanguense se extiende por el Ecuador y el mundo, pero en cada lugar permanece viva la llama de amor por la casa y la patria chica. Doy testimonio de mis paisanos ausentes: casi todos guardan en cofres de oro y plata el deseo ferviente de volver. Ese cariño inmenso a nuestra historia, a las tradiciones y a la forma de ser natural de cada habitante, fortalece el compromiso de visitarla y estar atentos a su destino.

En mis reflexiones personales y circunstancias profesionales, me resisto muchas veces a vivir lejos del encanto que brinda el cerro Chiro, de la diversidad de climas que me abrazan y del aroma del café con el que crecimos. El infinito amor a la familia me impulsa a un propósito de vida, porque aquí residen las vivencias más entrañables. Los latidos de esa historia son más fuertes cada vez que pronuncio «Quilanga»; que no es solamente un nombre, sino verso y oración.

Levanto mi voz para preguntar: ¿cuándo llegará el momento en que las autoridades nacionales, provinciales y locales impulsen un desarrollo social, económico, ambiental y turístico que promueva verdaderamente nuestra identidad? Lograr esto permitirá retener a sus hijos e hijas, evitar sus ausencias y, finalmente, permitir que todos podamos volver para construir juntos el cantón de nuestros sueños.