Galo Guerrero-Jiménez
De entre tantas conmemoraciones que nuestra sociedad lleva a cabo para resaltar la valía de asuntos muy puntuales en los diversos campos del saber humano, uno de ellos, es el de la celebración por el día del maestro ecuatoriano; una celebración que siempre merece la pena destacarla por la promulgación de su eficiencia para formar a la niñez, a la juventud y a la ciudadanía que desde los diversos campos del saber, desea formarse a través de las instituciones formales que la sociedad reconoce a través del Estado, tanto desde la educación básica, de bachillerato y de educación superior, la cual, en nuestro país está distribuida desde la educación tecnológica y universitaria, tanto en grado y posgrado con sus niveles de especialidad, maestría y doctorado Ph.D., como el máximo grado académico por la distinción que este nivel depara para los investigadores en todos los campos del saber humano que, filosófica y científicamente, están aptos para empoderarse de la ciencia y del humanismo en general.
Pues, como señala Federico Mayor: “La educación es la ‘fuerza del futuro’, porque ella constituye uno de los instrumentos más poderosos para realizar el cambio. Uno de los desafíos más difíciles será el de modificar nuestro pensamiento de manera que enfrente la complejidad creciente, la rapidez de los cambios y lo imprevisible que caracteriza nuestro mundo” (Unesco, 1999). Quizá, aquí radica lo más significativo de la educación; frente a esta complejidad creciente, en la que el maestro, el alumnado, la familia, la sociedad, está llamada a educarse permanentemente para que pueda modificar su pensamiento en orden a la obtención de una palabra que desde el lenguajear de su especialidad pueda formarse lingüísticamente para apropiarse de la ciencia, estudiando, como uno de los máximos referentes de su profesionalidad, leyendo y analizando la majestuosidad del lenguaje que reposa en los grandes libros que, asombrosamente, cobran vida en el maestro lector y en el alumnado que se deja influir por esa palabra vital para educarse y formarse a cabalidad, para que construya humanísticamente su presente y su fututo.
La educación del pensamiento y de la palabra que comunica hasta construir un lenguaje de comunión, en el que la actitud dialéctica, ontológica, metafísica, contemplativa y revolucionariamente activa, le permitan al maestro y a su alumnado interesarse por el lenguaje de la ciencia, del humanismo, de las artes, de la cultura, de la pedagogía; y qué mejor, de la filosofía y de la literatura.
