Efraín Borrero Espinosa
La partida de Numa Maldonado Astudillo deja un vacío en el tejido cultural y científico de Loja. El reciente fallecimiento de este ilustre ingeniero, escritor, historiador y académico ha llenado de honda consternación a la sociedad, especialmente a las instituciones donde su pensamiento crítico dejó una huella imborrable. La Universidad Nacional de Loja —donde se desempeñó con brillantez como docente y decano—, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, y la Academia Nacional de Historia del Ecuador, Capítulo Loja, lamentamos la pérdida de un hombre que entregó apasionadamente su luminoso aporte intelectual al rescate de la memoria y la identidad regional, y sembró con mística una herencia de rigor académico, humanismo y ética ejemplar que perdurará en las futuras generaciones.
Sus nombres completos fueron: Numa Pompilio Pedro Vicente Maldonado Astudillo. Esta larga cadena de nombres respondía a una costumbre en épocas de antaño y tenía que ver con tradiciones religiosas católicas, homenajes de linaje familiar y la necesidad de asegurar protección espiritual para el recién nacido.
También era un mandato social heredar los nombres de los abuelos paternos, maternos y de los propios padres. En algunos casos se agregaba nombres de padrinos de bautismo del niño como muestra de respeto y para estrechar lazos económicos o sociales. De manera general, por el primer nombre se conocería formalmente a la persona en su vida diaria.
En el caso de nuestro querido y recordado amigo y compañero, la composición del nombre Numa Pompilio Pedro Vicente revela un diseño cargado de significado. Me atrevo a pensar que sus padres: Juan de Dios Maldonado Paz y la virtuosa dama María Esther Astudillo, evocaron al célebre poeta y diplomático guayaquileño, Numa Pompilio Llona, porque en la primera mitad del siglo XX era muy común que las familias ilustradas lojanas eligieran nombres que rindieran homenaje a grandes pensadores, literatos o poetas nacionales. En la segunda parte, se consideró el nombre del sabio riobambeño Pedro Vicente, que al unirse al apellido Maldonado, la combinación evoca directamente al científico e intelectual más importante de la época colonial del país: Pedro Vicente Maldonado, quien colaboró activamente con la célebre Misión Geodésica Francesa.
Numa Maldonado Astudillo nació en la ciudad de Loja el diez de octubre de 1939, parte de una familia de diez hermanos que se han destacado en diversas actividades.
Sus estudios iniciales los cursó en la Escuela Miguel Riofrío de la mano de la distinguida educadora Mariana Bravo de Mideros. En alguna entrevista recordaba con afecto a sus compañeros: Félix Paladines, Jaime Larriva Vélez, Marcelino Carrillo, Leonardo Maldonado Valdivieso, Pancho Piedra y Franklin Espinosa Vélez. También hizo reminiscencia de los niños descalzos que acudían a ese establecimiento educativo.
El Colegio Bernardo Valdivieso fue el espacio para su formación media. Muchos años después, con el auspicio del Núcleo de Loja de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, publicó su libro «Relatos del Colegio», una obra que recopila anécdotas e historias inspiradas en esa vida estudiantil. Numa plasma con gran nostalgia, humor y precisión literaria las vivencias colectivas, las travesuras de juventud, el perfil de los entrañables maestros de antaño, así como el espíritu cívico característico de los estudiantes del Colegio Bernardo Valdivieso. Recuerda, por ejemplo, el paseo de fin de curso a Guayaquil, dirigido por los profesores Rogelio Valdivieso y Héctor Navas, en dos camiones abiertos del Ejército.
Cursó sus primeros estudios superiores en la Universidad Nacional de Loja en la carrera de Ingeniería Agrícola, luego los continuó en la universidad Nicolae Balcescu de Rumanía donde obtuvo el título de Ingeniero Agrónomo, gracias a una beca que le fue otorgada.
El mismo beneficio obtuvieron Víctor Bastidas Jiménez para electrónica y Edgar Augusto Palacios para perfeccionar sus estudios y profesionalizarse en la música. Los tres viajaron juntos a Rumanía.
Edgar Palacios me comentó que esas becas se hicieron realidad gracias a las gestiones realizadas en Praga por Guillermo Falconí, quien en ese entonces era representante del Ecuador ante la Unión Internacional de Estudiantes.
Partieron del aeropuerto de Catamayo el siete de septiembre de 1962 en vuelo hacia Guayaquil y desde ahí tomar un bote hasta la Isla Puna para abordar el barco de pasajeros de una flota italiana que los transportaría a Génova. Utilizaron la vía marítima por el costo con relación al viaje aéreo, y lo hicieron desde la Isla Puna porque aún no estaba habilitado el Puerto Nuevo de Guayaquil.
Desde Génova tomaron el tren para llegar a Bucarest, pasando por Viena, Praga y Budapest, en un viaje que duró algo más de un mes en total.
Con el título en mano y nutrido de experiencias académicas y profesionales, Numa Maldonado retornó a su amada tierra natal, porque era un lojano de cepa. A pesar de las oportunidades que se le presentaron pensó siempre en la contribución que podría brindar a Loja, que a la postre fue muy significativa.
Se vinculó a la cátedra universitaria por el lapso de treinta y tres años y laboró en diversos organismos: Junta de Recuperación Económica de Loja y Zamora Chinchipe, Ministerio de Agricultura y Ganadería, Predesur y Asesor técnico del Plan Hidráulico de Loja.
Fue un acucioso investigador en su área profesional y en el ámbito de la dinámica social y cultural de nuestra región. Escribió varias obras que han sido referentes. Una de ellas estuvo dedicada a resalta la trayectoria de su ilustre padre, Dr. Juan de Dios Maldonado Paz, un prohombre, líder político, abogado, educador, escritor, diputado, filántropo y luchador incansable por los derechos de la provincia de Loja; es decir, una de las figuras relevantes de nuestra historia.
Como articulista de prensa escrita, sus opiniones poseían un peso analítico profundo; por ello, sus textos siempre estuvieron dotados de gran respetabilidad y su palabra constituía un sello de autoridad y prestigio.
Numa Maldonado Astudillo se erigió como un intelectual cuya agudeza abrazó con igual fervor las realidades sociales y el pulso de la dinámica cultural lojana. Fue una figura vertebral para nuestra cultura y se lo ha reconocido por su capacidad de amalgamar la precisión de la ciencia con la sensibilidad del humanismo y la memoria de la historia.
Su fecundo legado ha quedado perennemente cincelado en las aulas de la Universidad Nacional de Loja, en el Núcleo Provincial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en la Academia Nacional de Historia, Capítulo Loja y como Guardián de la Memoria de Loja, cuyo grupo presidió.
Sin embargo, por encima de su brillantez intelectual y preclaros méritos académicos, la verdadera magnitud de su legado residió en la riqueza de su calidad humana y en la nobleza de su espíritu. Numa Maldonado Astudillo fue, ante todo, un hombre de bien y de una bondad genuina y desprendida; un amigo incondicional cuya palabra y acción marchaban bajo el sello inquebrantable de la honestidad, y cuyo corazón latía con un sentido profundo de la solidaridad humana.
Nuestra amistad cobró fuerza cuando me incorporé como Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, Capítulo Loja. En esa trinchera de fervientes deseos por escudriñar los rincones de nuestra historia, me enriquecí con la lucidez de su sabiduría y la integridad de su amistad.
Con su inconmensurable generosidad valoraba en sumo grado mi quehacer como cronista y me alentaba para que no desmayara en mi pasión. Sus halagos fueron frecuentes.
En alguna ocasión manifestó en público que mi estilo como escritor huye de la soberbia intelectual para abrazar la claridad de un lenguaje inclusivo, sencillo y propio de la cotidianidad. Sostenía que la crónica, por naturaleza, está apartada del lenguaje poético, filosófico o metafórico.
Estoy seguro que esa forma de pensar – además de sus convicciones – lo indujo a plantear con entusiasmo el proyecto de los “Cronistas Rurales”, una propuesta visionaria que, en sus palabras, estaba orientada a descentralizar la historia oficial y otorgar voz a las comunidades olvidadas. Para él, los habitantes del campo no debían ser meros espectadores del pasado, sino los narradores legítimos de su propia memoria y tradiciones. Con esta iniciativa buscaba convertir la oralidad del agro en un patrimonio escrito, demostrando que la verdadera identidad de un pueblo se custodia desde sus raíces más profundas.
En la Academia Nacional de Historia su aporte fue de una valía inestimable. Su determinación para consolidar la sostenibilidad institucional y situar el prestigio de nuestro Capítulo entre los más destacados del país estuvo siempre guiada por una rectitud, autenticidad y sinceridad absolutas. El fecundo legado que nos hereda como compañero y desde su investidura como Subdirector quedará grabado de forma indeleble en el devenir de nuestra institución.
Estuvo casado con la matrona Diamela Yolanda Alvarado Palacios, en cuyo matrimonio procrearon dos hijos: Diana Karina y Pedro Gustavo Maldonado Alvarado, conformando una familia respetable a la que amó entrañablemente.
Desde la más profunda nostalgia, rindo este sincero homenaje de reconocimiento, afecto y honda gratitud a Numa Maldonado Astudillo: amigo entrañable, caballero cabal y uno de los intelectuales más insignes de Loja, quien ha emprendido su viaje a la eternidad.
La prestigiosa escritora chilena, Isabel Allende, dice que “La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo”. Así será, querido Numa, siempre te recordaremos.
