La alegría de vivir se abraza en Quilanga

Juan Luna

Quilanga, 27 de julio 2026

Hay visitas que no solo llenan espacios, sino que transforman el alma. Caminar desde mi emprendimiento con una diversidad de personas llenan de experiencia mi vida. Rodeado del paisaje y el aroma a café, no solo les ofrecí un viaje turístico, sino pude ofrecerles un refugio de paz, salud y felicidad al club «Alegría de Vivir».

Entre el 18 y 19 de julio, Quilanga tuvo el privilegio de recibir, acompañar y guiar a una delegación admirable: 16 adultos, de entre 60 y 91 años, integrantes del club “Alegría de Vivir”. Un grupo de vidas sabias que me demostró que la edad es apenas un número cuando las ganas de abrazar el mundo permanecen intactas.

El origen de esta agrupación nació años atrás, cuando el dolor de diagnósticos como diabetes, hipertensión o tiroides cruzó sus caminos. Sin embargo, con el acompañamiento del IESS y una voluntad de hierro, transformaron la adversidad en un motivo de encuentro. Hoy, cada miércoles se reúnen para compartir, cuidar su salud y, sobre todo, celebrar la existencia.

En esta oportunidad, decidieron dejar atrás la rutina y los achaques para adentrarse en los encantos Piedra Grande en Nambacola (Gonzanamá). En Quilanga, por la ruta del café, recorrieron los paisajes de Fundochamba y San Antonio de las Aradas, hasta revitalizarse con la brisa serena del río Íguila. La naturaleza se convirtió en la mejor medicina para sus cuerpos y espíritus.

Al caer la noche, la cultura y la música hicieron su magia. El romanticismo de Jeimy Lucía y la profunda nostalgia de los pasillos en las voces del dúo Vaca-Rosales encendieron los recuerdos. Pero el momento cumbre llegó con los infaltables sanjuanitos, que pusieron a bailar a todos, demostrando que la vitalidad verdadera reside en el corazón. Nuestro segundo día nos llevó a la historia milenaria grabada en los petroglifos, el misticismo de la capilla de Cristo Pobre, la mágica laguna “Los Cristales”, un delicioso almuerzo campestre, el mirador de Llano grande y la recreativa pampa de Pisaca, para despedirnos saboreando los deliciosos helados de Quilanga.

Con la riqueza de esta experiencia reafirmo mi compromiso y comprendo que el turismo es, ante todo, un acto de encuentro humano y sanación. La presencia del club “Alegría de Vivir” me deja una lección imborrable: la vida no se mide por las dolencias que cargamos, sino por la pasión con la que decidimos disfrutar cada instante.

Gracias por enseñarme que en Quilanga, el café sabe mejor cuando se comparte con almas que contagian ganas de vivir. Transformar el dolor de una enfermedad en el impulso para abrazar la vida, la amistad y el viaje es verdaderamente inspirador.