Félix Pardo Jaramillo: un siglo de fe, aroma de café y silencio generoso

Quilanga, 27 de julio 2026

Hay vidas que no solo cumplen años, sino que edifican un legado. En la entrañable parroquia Fundochamba, del cantón Quilanga, la existencia de don Félix Pardo Jaramillo se erige como un testimonio vivo de trabajo, fe y longevidad. Es un hombre sencillo y preclaro, cuya historia está entretejida con la tierra fértil, el cultivo apasionado del café y el servicio abnegado a la Iglesia de su pueblo. Sus virtudes —la humildad, el silencio contemplativo y la vocación de servicio— son los destellos que adornan este siglo de andar.

¿Quién es don Félix Pardo? Nació el 3 de abril de 1927 en la calidez del hogar formado por don Gumercindo Pardo Obregón y doña Julia Jaramillo Jiménez, siendo el mayor de doce hermanos. Aunque su educación formal alcanzó hasta el cuarto grado de escuela, la sabiduría del campo y del Evangelio moldearon en él un espíritu sabio y noble.

Aún muy joven, a los 22 años, el 29 de noviembre de 1949, unió su vida en sagrado matrimonio con doña Anita Rojas Jiménez (+). La boda, celebrada en su natal Fundochamba, fue bendecida por el recordado Padre Matías Espinosa y apadrinada por los esposos Sebastián Pardo y Eloísa Hidalgo.

De ese amor puro y bendecido brotó una extensa y fructífera estirpe de doce hijos: Ignacia Paulina, Lucia, Floresmilo, Pablo Ramón, Clara Elena, Segundo, Dionicio Valentín, Froilan Alfredo, Juana, María Magdalena (+), Nicolás y Anita Alejandra. Entre ellos, como retoño luminoso de la profunda devoción familiar, floreció la vocación sacerdotal de uno de sus hijos, regalo espiritual que honra la fe de sus padres. Hoy, afincados en Loja, Sacapalca, Cariamanga, Catamayo, Huaquillas, El Puyo y Londres son testimonio vivo de trabajo honrado y convicciones arraigadas y un profundo amor a la tierra y a Dios que se refleja en 41 nietos, 64 bisnietos y 3 tataranietos.

El sendero de don Félix en este centenario está iluminado por una fe inquebrantable. Durante muchos años fue el fiel sacristán del templo parroquial bajo la advocación de Santa Marianita de Jesús, además un síndico y colaborador de la formación espiritual de la niñez  por su paciencia y la bondad de su mirada.

Tras la partida al cielo de su amada doña Anita, ocurrida hace cinco años, don Félix no ha quedado solo: habita abrazado por el amor entrañable de sus hijos, nietos y bisnietos. En una hermosa dinámica de gratitud y fidelidad filial, sus descendientes se turnan para acogerlo en sus hogares, donde él sigue deslumbrando a todos con su asombrosa resiliencia, serenidad y lucidez.

Don Félix forma parte de esa bendita lista de quilanguenses que han alcanzado y superado la cima de los cien años con fortaleza y espíritu sereno. Quizá en el cultivo del café y en la paz de sus montañas guarde el secreto de su longevidad; lo cierto es que su vida es semilla y luz para que Quilanga sea reconocida, con orgullo, como la tierra de la longevidad y la fe eterna.