Santiago Armijos Valdivieso
Visité la enorme Lima los primeros días de marzo de 2026 con el propósito de conocer la Biblioteca Mario Vargas Llosa que, sea dicho de paso, funciona adecuadamente en el primer piso de la Casa de la Literatura Peruana y cuyos estantes repletos de libros habitan en un enorme y bien remodelado edificio que en su momento fuera la Estación Ferroviaria Los Desamparados, ubicada en el Jirón Ancash 207, en pleno centro histórico, a pocos metros de la imponente Plaza de Armas.
En marzo, el clima limeño es caluroso, sofocante y está impregnado de alta humedad. Todo esto, a pesar de que el cielo, cubierto de nubes, mantiene un color gris, triste e inalterable. Sin embargo, eso no fue obstáculo para disfrutar de todo lo que puede ofrecer la enorme ciudad del Rímac, especialmente en cultura, historia, gastronomía y comercio.
Lastimeramente, en medio de ese verano limeño, el 10 de marzo de 2026 las redes sociales, las radios, las estaciones televisivas y la prensa difundieron la penosa noticia de la muerte de Alfredo Bryce Echenique, el escritor irreverente, bohemio y genial, cultor del cuento, la novela, el ensayo y las memorias, a quien se considera el primer gran exponente del postboom literario latinoamericano, al haber empezado a publicar sus obras cuando este ya había explotado. La penosa noticia, que tocó el corazón de los amantes de la literatura y de muchos peruanos, también invitó a honrar los restos mortales del escritor en la histórica Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Como era de esperarse, fueron muchísimos los que acudieron al llamado.
Bryce Echenique nació en Lima el 19 de febrero de 1939, estudió derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero finalmente terminó cursando la carrera de Letras para luego obtener su doctorado en la Universidad de la Sorbona de París. Su valía literaria, que mereció el Premio Nacional de Literatura de Perú (1972) y el Premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia (1974), está intensamente reflejada en obras formidables como Un mundo para Julius (1970), La vida exagerada de Martín Romaña (1981), El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985), La última mudanza de Felipe Carrillo (1988), No me esperen en abril (1995), Reo de nocturnidad (1997), El huerto de mi amada (2002), entre otras.
Se dice, y con razón, que Bryce “retrató a los ricos desde dentro”, ya que es un escritor que proviene de una familia acomodada en el Perú de las grandes brechas sociales. Precisamente, ese es el contenido fundamental de su novela maestra “Un mundo para Julius”, en la que, con ironía, genialidad y ternura, retrata las profundas desigualdades sociales del Perú, mostrando el contraste entre el mundo dorado de la clase alta y la realidad de quienes la rodean; todo ello contado a través de la infancia y adolescencia de Julius, un niño consentido de la aristocracia limeña, criado entre lujos, comodidad y sirvientes.
De otro lado, como es la impronta, más o menos frecuente, entre los hombres de vida intensa, frenética, inquieta y de excesos, Alfredo Bryce fue considerado un “señor de los anillos” al haberse casado en tres ocasiones. Se cuenta que nuestro personaje se hidrataba regularmente con licor (el vodka, su favorito), pues consideraba que beberlo ayudaba a la corrección y a la maduración de las palabras.
Según la crítica, el intenso vivir de este especial y notable escritor limeño —quien, en aras de incorporarse a la capital cultural de Occidente, viajó a París en los años sesenta para ser acogido por su colega y entrañable amigo Julio Ramón Ribeyro, también un talentoso literato peruano— fue recreado en su espléndida y reconocida novela “La vida exagerada de Martín Romaña”, en la que se narra la vida del personaje Martín Romaña, un joven peruano exiliado en París que se debate entre el amor tormentoso de Inés y su vocación literaria. En la obra, Bryce, a través de sus bien perfilados personajes, recrea con humor autoinfligido el desarraigo, la bohemia latinoamericana en Europa y las dificultades que supone dar rienda suelta a la pasión por la escritura.
Además de vivir en París, en 1975 viajó a los Estados Unidos de América, luego de ganar una beca en la Fundación Guggenheim. Luego, en 1985, resolvió residir en Madrid, seguramente dadas las enormes ventajas culturales y literarias que ofrecía la capital española. Allí vivió por catorce años, es decir, hasta 1999, cuando decidió regresar al Perú de sus padres y de sus más estrechos amigos.
En una entrevista que diera al periodista Juan Cruz, publicada el 7 de febrero de 2021 en el diario El País de España, al responder una de las preguntas, se revela su condición de fiel y permanente cultor de la amistad como punto central de su vida. Al respecto, esto nos dice Bryce Echenique: “El fondo del asunto es lo que he dicho siempre: escribo para que mis amigos me quieran más. La memoria es mi manera de no olvidar. Y el libro es un adiós a todo aquello, la despedida final”. Ello, sumado a su generosidad de espíritu y a sus conversaciones ilustradas, ocurrencias geniales y memoria prodigiosa, le permitió disfrutar de muchos y leales amigos, dispersos en varias ciudades del mundo, con quienes se frecuentaba y mantenía contacto regular.
Para entender aún más el carisma y la especial forma de ser de Bryce, vale reproducir lo que sobre él afirma el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez: “Yo acababa de leer Un mundo para Julius, que había comprado en la Librería Española, y comenzaba a entender dos cosas. Primero, que en Bryce no había literatura sin humor, ese humor amable que todo lo desacraliza, que disuelve la solemnidad y es una de las formas de la inteligencia, y que a Bryce le servía además como un antídoto contra la timidez (le gustaban las palabras de Augusto Monterroso: ‘El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo’). Y segundo, que uno no lee las novelas de Bryce: uno se instala en ellas, igual que se instala en la casa de un buen amigo, y ni siquiera para leerlas, sino para oírlas”.
El fino humor fue tan relevante en los escritos y en la vida de Bryce Echenique que siempre repetía en cada conferencia que: “el humor no es lo contrario de lo serio, sino de lo aburrido”. Asimismo, la chispeante ironía estaba presente en muchas de sus obras y declaraciones: “Mis personajes hacían el humor y el amor al mismo tiempo”; “Dándole pena a la tristeza”; “Pero tú sabes lo desmemoriado que es el amor”; “Prefiero los dúos a las arias, y la amistad a las relaciones públicas”; “Me gustaría correr y encontrar un lugar seguro, en vez de correr y correr para estar siempre en ningún lugar”.
Finalmente, siendo la caducidad la impronta de los mortales, la vida intensa, extraordinaria e imperfecta de Alfredo Bryce Echenique llegó a su fin en un verano limeño que lo lloró. Sin duda, su existir, que ahora solo habita en los dominios de las letras, los libros, las historias y los recuerdos, queda identificado plenamente con tres palabras: amor, humor y amigos.
