Quilanga, 17 de agosto 2026
El mes de agosto nos convoca a la marcha, al testimonio y al abrazo. En los senderos y carreteras de nuestra provincia, la devoción a la Virgen del Cisne renueva una tradición centenaria institucionalizada en aquel histórico decreto firmado por el libertador Simón Bolívar en 1829, mediante el cual se dispuso el traslado de la efigie a Loja y la realización de su feria anual. Desde entonces, son casi dos siglos de un fervor vivo que no solo moviliza a nuestra provincia, sino que convoca a miles de feligreses provenientes de cada rincón del Ecuador y del vecino país de Colombia.
El recorrido es una auténtica epopeya de amor y resistencia. A lo largo de tres intensos días, la multitud acompaña a la Churona en el tramo que une El Cisne con San Pedro de la Bendita, desciende luego hacia la calidez de Catamayo y finalmente supera la distancia para ingresar triunfante a la ciudad de Loja.
Como caminante de varios años, conozco bien el valor de esta travesía. En la carretera, el esfuerzo físico se entrelaza con la oración, y el andar sereno abre paso a la conversación fraterna con los peregrinos que comparten la ruta.
Es justamente en ese intercambio de vidas donde brotan testimonios que sobrecogen la memoria. Imposible olvidar a una adulta mayor proveniente del Cañar que encontré en la caminata. A sus 65 años, me confesó que lleva cuatro décadas realizando la romería: camina los tres días de venida en agosto y regresa en noviembre para acompañar el retorno de la efigie. Sin más amparo que su devoción, viaja sola, pernocta en el parque a la intemperie y recorre descalza el asfalto. Al preguntarle por el miedo o el cansancio, su mirada reflejaba una paz inquebrantable; su único hijo vive en los Estados Unidos, y ella ofrece cada pisada sin calzado y cada noche al ras del suelo por la salud y protección de aquel hijo distante.
Historias como la de ella, así como el gesto de quienes beben con veneración el «agua del milagro» a un costado del camino, confirman que la romería trasciende las fronteras de un evento masivo. Es un baluarte del turismo religioso del sur ecuatoriano y, ante todo, un refugio espiritual donde la fe se manifiesta sin artificios.
En este primer día de reencuentro con los compañeros de trabajo, en medio del jolgorio y la alegría de volver a vernos, la lección de la carretera cobra un sentido profundo para la labor educativa: el camino no se recorre en soledad. Así como el peregrino aprende a escuchar y a solidarizarse en la ruta, en las aulas volvemos a encontrarnos para caminar juntos, impulsados por la empatía, el compromiso pedagógico y la esperanza compartida.
