Galo Guerrero-Jiménez
El lenguaje expresado desde la palabra oral, escrita, leída y analógicamente asumida desde los gestos corporales se convierte en el sostén de la vida; pues, ella, la palabra, se inmiscuye en nuestra existencia, nos cobija, nos direcciona, nos orienta, nos problematiza, nos hace pensar y se traduce pragmáticamente en cada acontecimiento personal, social, cultural, artístico, científico, técnico y ecológico; sin embargo, la turbulencia lingüística generada en las pantallas virtualizadas está causando una desorientación axiológica y una pulverización de la verdad por el mal uso en el manejo del lenguaje y de la inmediatez para comunicarse. Al respecto Agustín Laje, asevera que “las tecnologías digitales ilusionan al idiota, encantándole no con su realidad, sino con una hiperrealidad realmente absurda. El idiota posmoderno se siente por ello más poderoso que nunca. Tiene el mundo entero al alcance del dedo; es un pequeño ‘tirano’ cuyas órdenes se cumplen al instante y todo parece dispuesto a su entero servicio. (…) Así, inscribe su existencia en un régimen de comunicación pornocrático que publicita su intimidad. Se siente empoderado por sus burbujas digitales, que constantemente le hacen sentir que tiene razón” (2023).
Por supuesto, al margen de esta conducta de la palabra mal asumida en el mundo de Internet, el problema se vuelve más preocupante cuando nuestros niños y jóvenes, hijos o alumnos, nos damos cuenta de que “la tecnología ha demostrado ser un arma de doble filo. Los teléfonos que usan y sus cuentas en redes sociales están optimizados para que no puedan despegar los ojos de las pantallas y alejarlos de vivir el momento, incluso aunque ese consumo impulsivo de contenido haga que se sientan fatal, lo altere o les provoque celos. En primera instancia, es razonable temer que la irrupción de los grandes modelos de lenguaje en el sistema educativo no haga más que empeorar el problema del aislamiento y del estrés mental inducidos por la tecnología” (Khan, 2025). Así, y sin importar la edad, este uso inadecuado de las pantallas hará que el idiotismo y la pornocracia se instauren aún más, cuando nos demos cuenta que, educativa y culturalmente, tenga enormes limitaciones cognitivas, intelectuales, emocionales y lingüísticas para actuar con lógica, porque no dispondrá de los debidos argumentos ni dialécticos, ni crítico-axiológicos para actuar con criterios hermenéuticos, metafísicos y ontológicos para discernir en orden a degustar de la palabra estética y robusta de un adecuado humanismo.
