PREGUNTAS CLAVES

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La palabra de los profetas contiene mensajes con géneros literarios que, en principio, nos desubican, interpelan y transforman la manera de entender verdades reveladas. De hecho, la literatura rabínica ha recalcado que la Sagrada Escritura tiene setenta caras y un sentido desbordante.

Su riqueza es invalorable. En ella aparecen preguntas con intenciones que exigen respuestas coherentes. La sabiduría de Dios es cercana a nosotros y también es inabarcable. ¿Por qué Dios nos habla así? ¿Qué nos quiere decir? Isaías, en su primer libro, transmite un mensaje lleno de esperanza. Presenta a un personaje que reúne grandes cualidades. Su llegada va a cambiar el rumbo de la historia del pueblo de Israel que vive etapas tormentosas como consecuencia de malos administradores del poder. La frase enigmática que muestra un porvenir maravilloso hay que leerla con detenimiento: “Lo fijaré como un clavo en muro firme y será un trono de gloria para la casa de su padre”. Un rey justo y lleno de misericordia. Un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Destaca que “lo que él abra, nadie lo abrirá”. La expectativa mesiánica empieza a develar su misterio. El autor del salmo 137 expresa con claridad meridiana una gran alegría: “De todo corazón te damos gracias, Señor, porque escuchaste nuestros ruegos. Te cantaremos delante de tus ángeles, te adoraremos en tu templo”. La promesa del Antiguo Testamento encuentra en el Nuevo Testamento el eco que sus autores escuchan y pregonan. San Pablo recalca a los destinarios de su carta a los Romanos que “inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios”. Todo proviene de Él, a quien debemos ofrecer gloria y alabanza por los siglos. San Mateo, el autor del Evangelio que destaca la importancia de la Iglesia en todas sus dimensiones, desarrolla una cristología sólida. Todo el principio y fundamento de nuestro quehacer lo encontramos en cada palabra que pronuncia Jesús. Las preguntas que hace a sus discípulos están bien direccionadas: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ante tales cuestionamientos, las respuestas requieren discernimiento de sus interlocutores: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Jesús es el profeta más importante que ha existido en la humanidad. La pregunta directa, fuerte como el sonido de un relámpago, mueve el piso a sus discípulos más cercanos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro toma la palabra y responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús, que conoce su corazón, alaba y pondera su sincera convicción. En la eclesiología de Mateo subyace un propósito más profundo: quiere fortalecer los cimientos doctrinales y apostólicos de la Iglesia que vive momentos de persecución. Por ello, Jesús confiere poder y autoridad a Pedro, la piedra sobre quien edificará su Iglesia. Actualizamos la profecía de Isaías: “Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará atado en el cielo”. De esta manera, configuramos nuestra identidad como hijos de la Iglesia. Nos corresponde asumir el reto.