Galo Guerrero-Jiménez
El libro y, en especial, cuando este es editado en formato impreso, es capaz de generar una expansión intelectual de ajenidad en cuyo contenido afloran todas las potenciales intelectuales del escritor que, con su grado de experiencia en el tema tratado, lo escribe con la mayor calidez humana que su intelecto le permite desarrollar para que el lector se sienta atraído por esa información contada, narrada, descrita y hábilmente consignada en el papel o en la pantalla electrónica desde todos los formatos lingüísticos que hacen posible el entendimiento ideológico de significados que el escritor plantea desde el arsenal de su experiencia cognitiva, de manera que el lector, si logró ser atrapado por ese contenido textual, aporte con su riqueza semántica para que la comprensión, la inferencia y la posición crítico-axiológica que le plantea el texto leído, le sea favorable a ese lector que le es posible fortalecer su capacidad intelectual para analizarlo hermenéuticamente y reflexionar con la empatía que esa ajenidad textual le impacte hasta producirle una fuerte conmoción intelectual y emocional tan evidente que puede llegar a creer que haber leído un texto así, tan cargado de humanidad bien sea cultural, científica o ficcionalmente, es una manera de aprender a relacionarse con el otro, con el texto y con el ser del mundo.
En este caso, tener un libro, es decir, haberlo leído con la mayor plenitud de gozo, “es tener a alguien que te recuerda que estás vivo, por ello se diferencia de los demás placeres solitarios. Y también por ser un placer saludable, pues, así como el sueño repone las neuronas, la lectura las potencia. La lectura imaginativa, participativa, de goce o confrontación, es para el cerebro como el agua para el pasto” (Égüez, 2006); pues, esta expansiva sensación de ajenidad para que el lector se apropie de esa realidad textual, se da gracias a los procesos mentales que el cerebro es capaz de generar como el de los tres principios de diseño cerebral que propone la neurocientífica Maryanne Wolf (2008): “La capacidad para establecer nuevas conexiones entre estructuras preexistentes; la capacidad para crear áreas especializadas exquisitamente precisas de reconocimiento de patrones de información, y la habilidad para aprender a recoger y relacionar la información; procedente de esas áreas de manera automática. De una u otra manera, (…) la lectura es un acto neuronal e intelectualmente tortuoso, enriquecido tanto por los impredecibles rodeos de las deducciones y pensamientos de un lector como por el mensaje que llega directamente al ojo desde el texto”; y que hoy está siendo socavado por el impacto apabullante de las pantallas digitalizadas que están atrofiando el componente constructivo de la lectura, dada la inmediatez con la que aparece ingente cantidad de información vacía de sentido y armonía.
