Elena Carrión
La historia de Caín y Abel permanece como uno de los relatos más antiguos sobre la destrucción entre seres humanos. Dos hermanos unidos por la sangre terminaron enfrentados hasta que uno levantó la mano contra el otro. Desde entonces, Caín ha quedado como símbolo de quien destruye a su semejante.
Pero quizá la historia haya adquirido nuevas formas:
Hoy no siempre hace falta levantar una piedra para convertirse en Caín. También se puede herir con el odio, la indiferencia, la intolerancia, el egoísmo o la incapacidad de reconocer que nuestro semejante merece vivir con dignidad. Y, en una paradoja todavía mayor, el ser humano ha comenzado a lacerar no solamente a la sociedad, sino también aquello que sostiene su propia existencia: nuestra Madre Tierra.
La naturaleza soporta cada día las consecuencias de una humanidad que consume más de lo que necesita, contamina aquello de lo que depende para vivir y destruye bosques, ríos y territorios sin detenerse a pensar qué mundo dejará a las generaciones futuras. Se actúa como si la Tierra fuera inagotable, como si sus recursos no tuvieran límite y como si las futuras generaciones no tuvieran derecho a recibir un mundo próspero.
También se va deteriorando cada vez más la sociedad. La violencia, la intolerancia, la desconfianza y la pérdida de solidaridad van debilitando los vínculos que permiten convivir. Se mira al semejante como rival, como amenaza o como alguien que importa únicamente cuando puede ofrecer algún beneficio.
Y mientras se transforma el entorno y se fractura la convivencia, también se corre el riesgo de perder la identidad. Se olvidan raíces, costumbres, valores y principios que durante generaciones ayudaron a formar la sociedad.
Destruir el ambiente es atentar contra la propia vida. Deteriorar la convivencia significa construir un futuro más hostil. Despreciar los valores que sostienen la sociedad equivale a dejar sin rumbo a quienes vienen detrás.
La Tierra no nos cobra un diezmo por permitirnos habitarla. Nos ofrece agua, aire, alimentos, paisajes y recursos sin presentar una factura. Sin embargo, aquello que recibimos gratuitamente no significa que carezca de valor. Quizá uno de los grandes errores de la humanidad es confundir lo gratuito con lo ilimitado.
Por eso, antes de intentar limpiar los ríos, recuperar los bosques o reparar una sociedad herida, corresponde comenzar por una tarea más difícil: limpiar nuestros propios sentimientos para un mejor comportamiento.
Hace falta enjugar el resentimiento que alimenta conflictos, el egoísmo que hace pensar únicamente en el beneficio personal, la indolencia que permite mirar hacia otro lado, la intolerancia que convierte las diferencias en enemigos, el odio que termina destruyendo incluso a quien lo alberga.
Porque ninguna transformación exterior será suficiente mientras permanezcan contaminadas las intenciones que la producen.
Cuidar la Tierra también significa aprender a cuidarse entre seres humanos. Significa comprender que nadie vive aislado y que cada acción deja una huella sobre otros. El planeta y los seres vivos no necesitan solamente tecnología para sobrevivir; necesitan algo más trascendental: conciencia. La sociedad no requiere únicamente normas; necesita personas dispuestas a respetarlas. Y la convivencia no se construye solamente con discursos, sino con acciones positivas y respeto cotidiano.
Tal vez todavía nos quede tiempo para cambiar el rumbo. Pero, para hacerlo, no basta con responsabilizar a los demás. Cada persona debe preguntarse qué está destruyendo, qué está permitiendo y qué podría comenzar a reparar y construir para evitar seguir siendo Caínes fratricidas.
