La Virgen del Cisne: De entronizada en su Santuario a Peregrina

Galo Ramón Valarezo

Durante más de un siglo, entre 1596 y 1720, la Virgen del Cisne permaneció en su Santuario, firmemente vinculada al territorio que la acogía. Su presencia seguía el modelo tradicional de las antiguas deidades andinas, consideradas protectoras de una comunidad o región específica. Como las huacas, montañas, lagunas y otros lugares sagrados de la cosmovisión indígena, la Virgen permanecía estable en un espacio determinado, mientras eran los fieles quienes acudían en peregrinación para solicitar favores, agradecer milagros o reafirmar su devoción.

Sin embargo, en 1720 ocurrió una transformación decisiva. A petición de las autoridades de Loja, encabezadas por el alcalde Juan de Valdivieso y el alguacil mayor Manuel Benítez, la imagen fue trasladada a la ciudad para realizar un novenario destinado a enfrentar una grave crisis sanitaria provocada por enfermedades y pestes. Este acontecimiento marcó el inicio de una nueva etapa en la historia de la devoción mariana del sur del actual Ecuador.

No era la primera vez que la imagen experimentaba cambios significativos. En 1647 se incorporó a la escultura la figura del Niño Jesús, reforzando su simbolismo como protectora de la vida, la fecundidad y la familia. También se modificó la fecha principal de su celebración, trasladándola del 8 de diciembre al 8 de septiembre. Esta decisión respondió tanto a las necesidades de los peregrinos como al calendario climático de la región, favoreciendo las romerías durante una época de mejores condiciones para el viaje. Con ello, la Virgen consolidó su identificación como protectora de la lluvia y la fertilidad, atributos anteriormente asociados a la antigua deidad indígena Pisaca -Perdiz-, a la que reemplazó.

La conversión de la Virgen del Cisne en imagen peregrina representó un cambio profundo. Mientras las deidades andinas permanecían en sus lugares de origen, la tradición católica desarrolló progresivamente la práctica de trasladar imágenes sagradas hacia las poblaciones. Esta modalidad cobró fuerza durante la Contrarreforma, cuando la Iglesia utilizó procesiones y peregrinaciones como instrumentos de evangelización y generación de limosnas. En América Latina, numerosas imágenes comenzaron a recorrer ciudades y pueblos para acompañar a los fieles en momentos de crisis, calamidades naturales o necesidades colectivas. En Quito, la imagen milagrosa de la Merced fue llamada la “Peregrina de Quito” y se desplazó desde Pasto a Potosí entre 1690 y 1755.

La nueva condición de peregrina transformó también el sentido espiritual de la relación entre la Virgen y sus devotos. Ya no era únicamente el creyente quien debía desplazarse hasta el Santuario para encontrar lo sagrado. Ahora la Virgen podía salir al encuentro de las personas, visitar sus comunidades y convertir temporalmente cada lugar en espacio de gracia y protección. El territorio sagrado dejaba de estar limitado al Santuario y se expandía a través del recorrido de la imagen.

Al principio, estas salidas fueron excepcionales y generaron resistencia entre los habitantes indígenas de El Cisne y Chuquiribamba, quienes consideraban a la Virgen como parte esencial de su comunidad. En 1724 fue llevada nuevamente a Loja para pedir lluvia durante una sequía, y en 1741 viajó hasta Zaruma. Las tradiciones populares recuerdan incluso que algunos comuneros habrían intentado impedir sus desplazamientos, simbolizados en el relato del dedo del pie cortado para evitar que continuara caminando.

Al mismo tiempo, la administración de la imagen pasó de las comunidades indígenas a los sectores de poder de la ciudad de Loja. Los caballeros y priostes ligados a la élite regional asumieron el financiamiento de las festividades, la organización de las romerías, la custodia de las limosnas y la gestión de los bienes asociados al culto. La Virgen fue también adaptando su apariencia a los gustos estéticos de cada época, se le colocó una frondosa cabellera risada, consolidando la imagen de la tradicional “Churona”, símbolo de belleza y cercanía para sus devotos.

Las tensiones entre indígenas y autoridades no desaparecieron de inmediato. En 1756 se produjo uno de los episodios más conflictivos cuando los comuneros de Chuquiribamba intentaron presionar para recuperar influencia sobre el culto. Como respuesta, la imagen permaneció durante un tiempo prolongado en Loja, mientras las autoridades buscaban asegurar el control de las peregrinaciones y reorganizar sus rutas: se cambio la ruta indígena que iba por Chuquiribamba por la Toma, controlada por las haciendas.

Una de las peregrinaciones más célebres de la Virgen a Loja se produjo en septiembre de 1779. Francisco J de Terrazas, mayordomo de la ciudad, pidió el Cabildo el traslado de imagen

…viendo la gravísima consternación en que se halla este vecindario, comprimido de una tan sangrienta y general peste…con lamentable destrucción y mortandad de sus moradores, hallándose a la presente muchos enfermos de peligro, agonizando unos, sepultándose otros…y aún temiéndose otra no menos sensible calamidad de hambre, por lo escaso de los víveres y alimentos en que se halla este lugar… 

Por “peste” no debe entenderse a la bubónica que ingresó al país 128 años después, en 1907-8. El término “peste” se utilizaba para diversas enfermedades contagiosas y mortales, además de las crisis de hambre que las acompañaban: viruela, sarampión y tabardillo -tifo exantemático-, escarlatina, gripe y disentería. Los libros de defunciones de la parroquia El Sagrario, registraron 17 fallecidos mayores de diez años en 1778, subieron a 26 en 1779, para bajar a 13 en 1780. En la vecina parroquia de El Valle, se registraron 15 fallecidos en 1779 y 25 en 1780. Fue una combinación de viruela + sarampión que azotó al continente entre 1775 y 1782 desde Norteamérica, México, Nueva Granada y el Perú. En el sur impactó a Loja y Zaruma entre 1778 y 1780.

Décadas más tarde, el Decreto de Simón Bolívar del 28 de julio de 1829 otorgó un nuevo marco institucional a la tradicional peregrinación. El traslado anual de la Virgen a Loja quedó vinculado a la feria de la ciudad, integrando dimensiones religiosas, políticas, comerciales y culturales. La medida fortaleció el papel regional de la imagen y consolidó una práctica que perdura hasta nuestros días. La Virgen del Cisne dejó de ser una devoción estrictamente local para convertirse en un símbolo compartido por diversos pueblos y grupos sociales. Su recorrido anual unió territorios, fortaleció intercambios económicos y reafirmó identidades culturales en una región marcada por profundas transformaciones históricas. Años después, la Virgen del Cisne experimentó dos nuevos cambios: en 1930 con su Coronación y después de la sequía de 1968-70, pero ello es materia de otro comentario.

Así, la Virgen pasó de ser una imagen entronizada y permanente en su Santuario a convertirse en una peregrina que visita a sus fieles. Su caminar simboliza la capacidad de adaptación de las tradiciones religiosas a los cambios políticos, sociales y culturales, manteniendo vigente una de las expresiones de fe más importantes y multitudinarias del Ecuador.