LA PLENITUD DE LA VIDA

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La vocación y misión del profeta Ezequiel alcanza niveles dramáticos en función de la responsabilidad que asumió para anunciar buenas noticias y denunciar injusticias. Jeremías, como otros, llama a la conversión. Dios lo eligió como centinela que debe cuidar la ciudad. Tengamos presente que Jerusalén, la “Ciudad Santa”, vive momentos difíciles. Fue asediada y destruida por el imperio babilónico. La tarea del profeta consiste en prometer un mejor futuro. Jeremías, por mandato divino, llama al compromiso personal con todas sus consecuencias.

Cada uno responde según sus obras y su actitud ante la realidad que condiciona su manera de vivir. La imagen de la lectura, hermosa y sublime, nos interpela. El mundo, en su diversidad y en su realidad, necesita de la presencia de los profetas. Nuestra fe, sin la voz que clama, exhorta y reclama, perdería su riqueza. Podemos quedarnos en el pasado, entre la amargura, la impotencia y la nostalgia, estancados en un mar de incertidumbre y lágrimas. La Sagrada Escritura subraya que la espiritualidad del profeta implica una donación radical, con bienes y persona, al servicio de la humanidad. Camina por el mundo recordando que Dios lo llamó para amar y servir.

El profeta ama con todo. En la dinámica de la dimensión exhortativa de la palabra divina, nos encontramos con San Pablo. Continuamos con la lectura de la carta a los Romanos. En ella, el Apóstol impregna en la mente y el corazón de sus destinatarios, el núcleo de su vida moral. Les recuerda sus compromisos a partir de los mandamientos: “A nadie le deban nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley”. Añade que: no cometer adulterio, no matar, no codiciar, se resume en amar al prójimo como a uno mismo. Sin embargo, considero que conviene destacar algo importante en el contexto del mensaje de Jesús.

El prójimo es el ser humano que piensa y actúa de modo diferente, que no siempre profesa el mismo credo religioso, que dice sentirse feliz porque considera que su ateísmo lo llena de libertad y plenitud. Jesús nos ha enseñado que el amor es el único puente que une a los enemigos. Dios nos creó a su imagen y semejanza, respetó nuestra libertad y nos envió para crecer y multiplicarnos, llenar la tierra y disfrutar del sustento con el fruto del trabajo honesto.

San Pablo desarrolla un tratado muy práctico que nos ubica en el lugar correcto: la gracia de Dios, es un camino de liberación que nos lleva a la plenitud de la salvación. San Mateo, nos entrega un compendio de normas elementales para la convivencia: comprensión, corrección fraterna, oración comunitaria, perdón, solidaridad. Las palabras de Jesús actualizan la urgencia de recuperar valores, ausentes como consecuencia del egocentrismo humano, su tendencia materialista que lo desubica. Jesús pregona “la pedagogía de la caridad”. El Evangelio profundiza en la riqueza de la disciplina y la correcta comprensión de las normas jurídicas, verdades que fortalecen la densidad del mandato de Jesús. La vida comunitaria exige rescatar acciones de perdón, desde la oración y la justicia. Los cristianos nos hemos ubicado en la ruta del amor sin límites.