El baúl de los recuerdos: Recuerdos domésticos de Loja de antaño

Efraín Borrero Espinosa

Desde mi niñez recuerdo a los comerciantes de esteras que venían desde la provincia de Imbabura para vender sus productos en la feria de septiembre. Se apostaban en “La Estación de Tránsito”, que así se llamaba lo que hoy conocemos como Plaza Simón Bolívar, circundada por las calles 18 de noviembre, Imbabura, Colón y Avenida Universitaria.   

Se llamaba «Estación de Tránsito» porque era el paradero y estacionamiento de buses; es decir, fue la terminal terrestre de Loja. Desde allí salían los buses interprovinciales de las empresas Santa y Panamericana hacia Quito, y a la costa los camiones mixtos.

Estaba rodeada de una gran cantidad de mecánicas y servicios automotrices de todo tipo, así como de venta de repuestos. Las primeras gasolineras pertenecientes a Rafael Jaramillo, Polibio Montaño y Emiliano Abendaño se ubicaron en ese sector. Había una buena cantidad de fondas que vendían comida de todo precio y variedad, y no faltó una caseta municipal de baterías sanitarias. Fue el lugar más bullicioso y de mayor movimiento en la ciudad.

Históricamente, la llegada de estos comerciantes coincidía con el arribo de la imagen de la Virgen del Cisne a la ciudad de Loja, una fecha que desde hace tiempo se había popularizado en todo el país. Además de sostener su actividad económica los artesanos aprovechaban la temporada de romería para cumplir con la visita religiosa porque también profesaban la devoción mariana.

En realidad, eran artesanos e indígenas provenientes de comunidades de Otavalo y de la parroquia San Rafael de la Laguna que viajaban algo más de setecientos cincuenta kilómetros hasta llegar a Loja, a fin de ofrecer estas valiosas piezas tejidas a mano con totora, extraída de las lagunas de San Pablo o Yahuarcocha. Venían entre doce a quince pequeños grupos familiares.

La fabricación de las esteras, utilizando la totora, es un proceso que requiere mucha paciencia. La cosecha se hace en cierta época del año; los artesanos ingresan a las lagunas o humedales con el agua hasta las rodillas y usando una hoz cortan la totora verde desde la raíz, seleccionando los tallos más largos y firmes. Los tallos se amarran y se dejan flotar o recostar al sol de 8 a 9 días encima del agua. Luego, se trasladan a las casas donde se asolean verticalmente de dos semanas a un mes. El material está listo cuando pierde su color verde y adquiere un tono amarillento. El artesano mide y corta los tallos con reglas grandes según el tamaño final de la estera.

Sentados o de rodillas en el piso todo el día, los artesanos cruzan rítmicamente los tallos, alternando entre los más gruesos y los finos. Mientras avanzan, golpean fuertemente cada unión con una piedra pequeña y plana. Este golpe aplasta la fibra cilíndrica de la planta y la convierte en una franja plana y compacta, dándole al tejido la estabilidad y durabilidad necesaria para que no se desarme. Esta actividad la heredaron de sus padres y abuelos.

Las esteras, que para esa época tenían una tradición centenaria, se elaboraban en varias dimensiones; pero, además, utilizaban la totora como materia prima para la elaboración de canastos, cestas y otras artesanías.

Los comerciantes traían una buena cantidad de esteras porque tenían la seguridad de su gran demanda por parte de los romeriantes. Al no existir las facilidades de hospedaje masivo, eran un artículo de primera necesidad para los miles de peregrinos que llegaban exhaustos desde Azuay, Cañar, El Oro y el norte de Perú. Los fieles compraban estas alfombras de totora a precios muy bajos para armar sus «camas improvisadas» y dormir abrigados en los portales de las iglesias, plazas públicas o patios de las casas lojanas que les abrían las puertas.

Pero no solamente los romeriantes demandaban su adquisición, sino las familias lojanas en general, ya que sabían las bondades del uso de las esteras en las camas de madera. Los mismos comerciantes comentaban que ellos nunca se enfermaban de los riñones porque el material de este producto es fresco y ayuda a no tener problemas de espalda. Además, colocar una estera de totora debajo del colchón era sumamente beneficioso para aliviar los dolores de columna, y es un excelente aislante que evita que la humedad y el frío pasen al cuerpo.

A inicios de la década de 1950, que es a la que me estoy refiriendo, las camas de madera eran de uso común entre las familias lojanas. Los colchones de ceibo, algodón o lana de borrego se asentaban sobre una base de tablas sueltas.  Si el colchón ya estaba viejo y asentado, se sentía directamente la dureza de la tabla en la espalda, de ahí que las esteras de totora eran el alivio perfecto para amortiguar esa molestia.

Si los colchones habían perdido su esponjosidad, se acudía a las «palizas», que hoy es uno de los recuerdos domésticos más singulares de Loja de antaño. No era un simple quehacer de limpieza, era un verdadero ritual familiar. A este proceso tradicional se le conocía formalmente como «varear el colchón» (dar varazos), y detrás de él había toda una técnica y mística. Para darle la «paliza» al colchón no se usaba cualquier palo, se buscaba ramas específicas que fueran flexibles. El carrizo era favorito por ser huecos y liviano; también se utilizaba ramas delgadas y sumamente elásticas de membrillo o sauce, ya que no se rompían al golpear.

Hablando de los colchones de ceibo, Numa Maldonado me conversó en alguna ocasión que los frutos del ceibo, cuando maduran y se abren, liberan unas semillas envueltas en una fibra densa, extremadamente ligera, sedosa y blanca conocida como lana de ceibo. Dormir en un colchón de ceibo tenía características muy particulares porque la fibra de ceibo es hueca por dentro, lo que la hace un aislante térmico natural. En los climas cambiantes de Loja, el colchón se adaptaba muy bien: era fresco en las noches calurosas y mantenía el calor corporal en las madrugadas frías.

Numa decía que el ceibo tiene “memoria elástica”, pero con el peso del cuerpo terminaba apelmazado o asentado. Por eso las abuelas lojanas tenían la costumbre de sacar los colchones al patio o los colgaban en los balcones en los días de verano con sol radiante. El calor hacía que la fibra se expandiera de nuevo, se hinchara y «despertara», como solían decir, recuperando su esponjosidad original. Finalmente, hizo notorio que el ceibo posee aceites amargos naturales que actúan como repelente contra los ácaros y las polillas.

Los colchones de algodón también eran muy comunes. Esa materia prima utilizada en la confección de colchones, sábanas, alforjas y ropa provenía masivamente de los valles costeños del Perú. Las caravanas de arrieros regresaban a Loja cargadas de grandes sacos de algodón en rama o ya despepitado, junto con otros productos altamente cotizados como la sal marina, el jabón elaborado en las tradicionales «tinas» de Piura, las aceitunas y el aguardiente.

Para las familias lojanas de antaño, tener un colchón relleno de algodón peruano legítimo era sinónimo de durabilidad y prestigio. Esta fibra no solo resistía el paso de los años y las constantes palizas de varas que se les propinaban para «hacerlo levantar», sino que proporcionaba un descanso fresco y sumamente adaptable a las viviendas de tapia y adobe lojanas.

Mientras que el ceibo y el algodón se preferían en los valles más cálidos o durante las épocas de intenso verano por su frescura, la lana de borrego era la reina indiscutible en las parroquias y cantones más fríos de la provincia de Loja.

La lana de oveja es uno de los mejores aislantes térmicos naturales que existe. En las casas de adobe, tapia y techos de teja —que solían ser muy heladas durante las madrugadas lojanas—, un colchón de lana garantizaba mantener el calor del cuerpo durante toda la noche.

A diferencia del algodón que venía del Perú y de la cosecha tediosa que resultaba el fruto del ceibo, la lana de borrego era una producción local y comunitaria, gracias a la ganadería ovina de las comunidades indígenas y campesinas del norte y centro de la provincia.

Claro que hacer un colchón de lana de borrego requería un trabajo monumental antes de que el colchonero pudiera armarlo, y aunque eran deliciosamente abrigados, los colchones de lana tenían un gran enemigo: las polillas y los ácaros. Al ser una fibra de origen animal, atraía mucho más a los insectos que el ceibo o el algodón.

Se puede estimar que la llegada de los comerciantes otavaleños a Loja se produjo a inicios de la década de 1950, tomando en cuenta que la carretera panamericana en nuestro país, conocida oficialmente como Troncal de la Sierra o E35, estuvo completamente habilitada para el tráfico vehicular continuo desde Ibarra hasta Loja, a partir de esa época. Esto porque el tramo Cuenca – Loja, que fue el último en construirse, no obstante que los trabajos se iniciaron en 1941 por parte de la empresa norteamericana Ambursen, su conclusión final demoró algunos años por diferentes razones, una de ellas el conflicto bélico entre Ecuador y Perú. 

Las familias de comerciantes trasladaban cargamentos enteros en camiones para responder a la demanda de la población lojana. El viaje fácilmente tomaba entre 4 y 7 días por la fisonomía de la carretera panamericana a lo largo de todo el trayecto. Desde Ibarra hasta los límites con Pichincha, y en gran parte de las provincias de Tungurahua y Chimborazo, la panamericana estaba hecha de piedra asentada a mano. Los tramos «asfaltados» se concentraban casi exclusivamente en los accesos y salidas de la ciudad de Quito. Desde el sur de Chimborazo, pasando por Cañar, Azuay hasta Loja, la carretera era de tierra compactada o, en el mejor de los casos, «lastrada». En invierno, estos tramos se transformaban en trampas de lodo intransitables.

El avance de los tiempos, el cambio en las costumbres del hogar y la llegada de colchones hechos con modernos materiales sintéticos, han ido apagando el interés por aquellas tradicionales esteras de totora, así como el uso de colchones de ceibo, algodón o lana. Sin embargo, unas dos o tres familias de vendedores otavaleños, en un acto de resistencia y lealtad a sus raíces, se niegan a dejar morir su oficio. Por eso, al despuntar el final de agosto o con los primeros vientos de septiembre, regresan como cada año a los exteriores del Centro de Convenciones San Juan de Dios, sitio asignado por el Municipio, transformando la acera en un reencuentro vivo con nuestra memoria y recordándonos que “la huella no desaparece, se infiltra en los cimientos y aguanta”.