Efrén Sarango
Caminito de polvo,
piedra y romero,
las plantas de los pies
dibujan la devoción
sobre el candente asfalto.
No hay fatiga que venza a la muchedumbre
cuando la promesa
pesa menos que la gracia.
Desde la cumbre agreste de El Cisne,
donde el viento sopla
historias del siglo dieciséis,
desciende el manto azul
cargado de milagros.
Es la Churonita,
la reina de mirada serena
y rizos dorados,
que mueve un río de almas a través de la sierra.
Tres días de marcha,
de sol que quema el rostro
y de frío nocturno que hiela la piel.
Avanza el niño al hombro de su padre,
avanza el anciano
con el rosario entre los dedos curtidos,
sin importar la escasez, ni si falta el pan,
porque la fe
es el único equipaje que sostiene el paso.
Ahí van los hijos de esta tierra
de valles y canciones,
junto al morlaco
que cruza desde el Azuay
para cumplir su promesa,
el peruano que olvida fronteras
en el altar de la marcha,
