La adquisición de la cultura

Numa P. Maldonado A.

En el ambiente eleccionario actual del país, casi saturado de propuestas y ofertas, sustentadas o no, de palabras bonitas o groseras y de otros dimes y diretes de los “presidenciables” y asambleístas, distraigo la atención de mis lectores, refiriéndome brevemente a un tema de corte antropológico.

En el proceso de adquirir la cultura, la fase más importante corresponde a la época de nuestros primeros años de existencia, que más tarde se fortalece con la integración a la sociedad, cuando nos vinculamos al ambiente social y ecológico, y nos permite moldear la “personalidad”.

Así, el sabor de la comida, el lenguaje y sus localismos típicos, las costumbres sociales y familiares (el modo de comportarse), la religión, mitos…, desde la etapa de la niñez los asimilamos paulatinamente pero para toda su vida.
Si por acaso sufrimos un evento anormal, el trauma que éste nos ocasiona perdurará por mucho tiempo, aunque podemos superarlo.

Tomando el lenguaje como elemento de inculturación en nuestro país, es fácil detectar la “cultura local” de un ciudadano ecuatoriano únicamente escuchándolo: el acento del costeño, que en el habla suprime deliberadamente las últimas letras de las palabras, o confunde la “c” con la “p”; el habla “cantada” del morlaco; la pronunciación típica del serrano del norte, arrastrando las “rr” y “ll”; el habla “castellana”, matizada con arcaísmos del español antiguo o del ladino, del lojano, son indicadores culturales y de ciertos rasgos de la personalidad de un individuo.

En este proceso formativo de control social para modelar la conducta, se apela a varios mecanismos para alcanzarlo. Por ejemplo, en la primera infancia, al sistema de premios y castigos, o amenazas de diversa índole para imponer ciertas normas, o para adiestrar o aletargar, o suprimir todo aquello que no concuerde con la ideología o moral del grupo.

El temor al insulto o a la humillación personal, hacer las cosas a tiempo, respetar los compromisos, desear el prestigio y la perfección moral, son normas que generalmente tratan de imponerse en la sociedad occidental. Y este cúmulo de normas, principios morales, leyes y convecciones que hemos asimilado, constituyen el componente de la personalidad conocido como “súper yo”. Cuando el “súper yo” ha sido aceptado a través de una actitud emotiva compuesta de temor, respeto y amor, se dice que hemos asimilado plenamente la cultura moral de su sociedad.

Sin embargo, a veces la continua práctica de represión lleva a la acumulación de resentimientos que desembocan en “tensiones, estados de insatisfacción, irritabilidad, abatimiento, descorazonamiento, cinismo, pesimismo y hasta neurosis y psicosis”. Por eso no es raro encontrar individuos mal adaptados, resentidos sociales, en los cuales se ha dado un proceso de inculturación parcial, que provoca el rechazo al sistema cultura y al ethos. (O).