El arte de vivir

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La vida tiene caminos diferentes y también puntos de encuentro. Al avanzar hacia la mitad del primer mes de este enero, novedoso y enigmático, confieso que, todavía, me cuesta asumir que estoy en un nuevo año. No encuentro una razón existencial que me convenza para explicarlo. Entre estos razonamientos una idea fuerte me motiva a valorar, mucho más, la vida.

Vivir es un arte. Hay que construirlo segundo a segundo para disfrutarlo día a día.  Amo la palabra “camino”. Me identifico con Antonio Machado:” Caminante, son tus huellas/el camino y nada más… no hay camino sino estelas en la mar”. Viví en la quimera de un zaguán. Lo digo poéticamente.  En una casa chica. El piso de tierra. Entre la penumbra y la soledad. No recuerdo haber gritado antes de los cinco años.  Quizá, este grito lo acuño más, porque fue mi primer lamento consciente.

Nací con la rebeldía del ser que aspira hacer el bien a los demás, como Jesús, sin agradar con sus acciones a todo el mundo.  Sino de un viaje por el mundo. Loja, así la siento yo, es una ciudad para disfrutarla y recorrerla. Tiene mucha historia. Incontables leyendas y tradiciones. “Es un país diferente”, expresión de un amable taxista.  Los encuentros con mis maestros de siempre, de la escuela, y de los colegios que me acogieron, son inolvidables. Muy refrescantes. Hace unos días, en el afán controlable de encontrar un libro, me sorprendió la pregunta de un amigo, más que profesor: “¿Hace cuántos años salió de la Dolorosa?”. “41”, respondí. ¡Qué tiempos aquellos y qué buena generación! “En aquellos años formamos a los jóvenes para la vida…y me he fijado en usted por lo que es ahora”. No aprecio los halagos. Pero, en esta ocasión sentí que las palabras del eterno maestro me transportaron a un tiempo y a una realidad que, ahora, la asumo como educador.

El arte de vivir encuentra su punto de apoyo en estas experiencias. Las estelas en el mar, de las que habla Machado, son las cicatrices, llámense espirituales o físicas, que han forjado una identidad, más que un nombre. Las alegrías, victorias, son la contraparte de la palabra quimera. Es la realidad de una existencia que utilizó adecuadamente el sentido de la palabra “resistencia”. Agradezco mucho a quienes recibieron, sin querer, ni saber, a adolescentes rebeldes, con frecuencia ingratos, e hicieron de ellos, un aporte, también un soporte, para la sociedad actual. Cuando hablo del arte de vivir creo que es el momento de emprender una nueva travesía. Hago mi composición de lugar, al modo de san Ignacio de Loyola, y me ubico en el relato de la tempestad calmada. Soberbio texto bíblico que es muy actual. El lago Tiberíades del país de Jesús, con su paz y su tormenta, es el lugar en el que vivimos nuestra vocación: “En todo amar y servir”. El agua, el viento, el miedo, el reproche a todo, encuentra su grito consciente en la actitud de Jesús: “¿Dónde está su fe?”. El arte de la vida que empezó a germinar en un piso de tierra, hoy vive en el tránsito diario por las rutas donde Dios sigue escribiendo recto en renglones torcidos.