Diego Lara León
Un reconocido empresario y mentor de muchos emprendimientos, visitó en compañía de uno de sus asistentes un pequeño pueblito. El destino hizo que el vehículo en el que se movilizaban sufra un daño frente a una humilde casa.
Al pedir ayuda en esa casa, el empresario comprobó que quienes habitaban ahí, una pareja joven y tres pequeños hijos, vivían en una terrible pobreza, era una casa que carecía de todo, no iban a la escuela los niños, sus ropas eran viejas y desgastadas, y faltaban los alimentos.
Luego de cambiar la llanta del carro con ayuda de aquella familia, el reconocido mentor empresarial, le preguntó al padre de familia sobre el porqué de la pobreza que sufren.
“En este lugar no existen posibilidades de trabajo, ni tampoco hay como ponerse un negocio, la agricultura es muy limitada, y son muy pocas personas a la que podríamos venderles algo”, explicó convencido aquel hombre pobre.
Y si todo eso es así, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí?, preguntó el empresario.
El señor calmadamente respondió: “amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días, una parte del producto vendemos o lo cambiamos por otros alimentos en el pueblo vecino y con la otra parte producimos queso para nuestro consumo, y así es como vamos sobreviviendo.”
El empresario, luego de solucionar el problema de su vehículo, agradeció la información y la ayuda, contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue.
En el medio del camino, luego de un momento de silencio, el asistente le recriminó, “Señor no deberíamos ayudar a esa familia, Ud. es muy exitoso, podría darle un trabajo o un consejo a aquel pobre hombre”. El empresario, inmediatamente dio vuelta y regresó a aquella casa, se estacionó unos metros antes de llegar, de tal manera que no los vean y le ordenó a su asistente: “Anda, busca la vaca, cuando la tengas, lánzala por el precipicio, asegúrate que no quede viva”.
El joven asistente espantado por lo que acababa de oír, cuestionó a su jefe, y le recordó que aquella vaca era el único sustento que esa familia tenía. Sin embargo, obedeció y cumplió la orden.
El joven asistente nunca dejó de sentir remordimiento por aquella acción que hizo y no se perdonó por el sufrimiento que seguro habría provocado en aquella pobre familia.
El destino hizo que varios años después, el asistente que ahora era un novel empresario, visite aquel lugar. Lo primero que hizo fue acudir a aquella casa, la imagen la tenía grabada, es más, todos los días recordaba aquel episodio ya lejano en el tiempo. Lo primero que pudo observar al acercarse fue una renovada casa, rodeada de un hermoso jardín muy bien cuidado y unos niños jugando en él, además se visualizaba un carro nuevo parqueado junto a aquella casa.
“Tuvieron que vender la casa”, fue lo primero que pensó. Su sorpresa fue mayúscula al ver salir a aquel hombre que recordaba mal vestido y deprimido. Ahora se veía como un hombre renovado y feliz. ¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que generó tan radical cambio?
El señor entusiasmado le respondió: Hace unos años, justo cuando Ud. y su jefe se fueron, nuestra vaquita rodó por el precipicio de forma inexplicable y murió. Ella era nuestro único sustento, sin ella y de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así alcanzamos el éxito que Ud. puede ver ahora.”
El joven empresario entendió a su antiguo jefe y agradeció por aquella lección de vida que le entregó, pero que se demoró años en comprender.
Ojalá todos tengamos a alguien que nos mate la vaca.
Lo que parece un fin, es simplemente el inicio de algo bueno, nuevo y superador. Salir del estado de aparente confort y comodidad no es necesario, es imprescindible.
Sin duda, las épocas de crisis son épocas de oportunidades. Los momentos difíciles nos permiten descubrir habilidades que no sabíamos que tenemos.
@dflara
