UNA EXPERIENCIA DE FE

P. Milko René Torres Ordóñez

La Palabra de Dios contiene relatos con mensajes únicos en su contenido, expresión y aplicación.  Estos aspectos, de fondo y de forma, hacen de ella una obra que se destaca por su actualidad. Recordemos que, según la interpretación rabínica, tiene setenta caras; se parece a un río que se desborda.  

Nos encontramos, ahora frente a tres textos que, al margen de llamar la atención, imprimen un carácter especial en su análisis. El primero de ellos, el sacrificio de Abraham, narra la historia de la ofrenda de un hijo único. En él se concentra la bondad de un hombre cuya fe se expone a una dolorosa prueba. Dios no le presenta ninguna razón, ni Abraham pide explicación. La obediencia de Abraham es grande; un modelo de confianza que va más allá de una posible lógica humana. La fe, puesta en las manos de Dios, es camino de prosperidad y supervivencia. Isaac, el hijo llevado al sacrificio, prototipo de la promesa, nos lleva a introducirnos en el misterio de la Eucaristía. En ella, Cristo entregó su vida por nosotros con amor y libertad. En el segundo, San Pablo en la carta a los Romanos, profundiza su cristología sobre el sentido del sacrificio como una ofrenda a Dios. Desarrolla un himno al amor de Dios que se nos ha revelado en su Hijo. Dios asume la muerte redentora para que seamos libres. El amor de Dios está por encima de todo aquello que puede ahogar nuestra vida de fe. En San Pablo, la muerte es el camino hacia la resurrección. “Dios, que no reservó a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿Cómo no nos va a dar todo con Él?”. En el tercero, San Marcos narra en el relato de la transfiguración una experiencia intensa de Jesús con sus discípulos. Van camino a Jerusalén para introducirse en la esencia del anuncio del Reino de Dios. Él ora en el monte. En el Tabor, lugar privilegiado de encuentro con su Padre, ilumina su vida para preparar su pasión. Esta escena es clave en el desarrollo del Evangelio. Jesús contempla a Jerusalén como el objetivo determinante en su vida. Los personajes del Antiguo Testamento, Elías y Moisés, aparecen con la finalidad de respaldar la acción de Jesús. La voz misteriosa que se escucha, como en otros relatos, reafirma el mandato divino: “Este es mi Hijo, el amado…”. Pedro no quiere bajar del monte porque una vida nueva le exige aceptar la pasión y la muerte. Según la conclusión del Evangelio de San Juan, este fiel discípulo va a morir en nombre de Jesús. La nube simboliza la “gloria” que va a perpetuarse en otro monte: el Gólgota. Él tiene claro el horizonte de su muerte. Sus discípulos todavía no comprenden la totalidad de su misterio. La decisión de Jesús de bajar del monte tiene un mensaje definido. Con su entrega va a transformar el mundo. Con su resurrección, victoria sobre la muerte y el pecado, la misión alcanza la plenitud del mandamiento del amor. Inmersos en el camino cuaresmal, aceptamos el Evangelio, fundamento de nuestra fe, esperanza y caridad. A Él, el honor y la gloria.